martes, 31 de marzo de 2009

Intuición


Y uno intuye que debe cerrar todos los archivos, cerrar el programa y apagar la PC cuando al buscar qué diablos es un carat se queda contemplando el brillo de las piedras; y lee sobre el color incoloro que suele ir al amarillo; y ríe ante los verdes, los rosas y los azules a los que llaman fancy diamonds. Y aún más: se pierde en el número ocho, en las ocho flechas y los ocho corazones que los talladores han aplicado para sacar al demonio que vive en estas piedritas. Y uno intuye que algo no está bien si siempre ha odiado el cliché de los diamantes; aunque descubre que el corte Princesa es el más bonito.


Y uno intuye que debe cerrar todos los archivos, cerrar el programa y apagar la PC cuando al buscar qué diablos es un carat ha llegado hasta la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Y contempla la imagen con una casi alegría mística, aunque uno es impío y anticlerical. Y recuerda las imágenes de corazones sangrantes que la acompañan y guardan desde la infancia, sólo para desear volver a la sombra de una higuera extinta y jugar a que nadie a muerto. Y la palabra carat ya no tiene sentido ni el texto que requería esa información, porque a uno le gusta el corte Princesa y hasta podría elevar loas a la imagen del corazón.

domingo, 29 de marzo de 2009

La fiesta


Hago lo que puedo, trato de irme a dormir antes del amanecer. Pero a las dos horas, sin más, me despierto. Y hoy me desperté con doble vacío: vacío de tripa y vacío de esternón. Ahí estaba en el sueño, entre rostros conocidos y desconocidos, entre nombres con rostro y nombres cuyo rostro no he visto. Había todo lo que ha de tener una fiesta: mesa, vasos, música y comida, mucha comida; tanta que estaba apilada en un cuarto. Dentro de cajas estivadas con peligro esperaban pasteles de muchos sabores, lasagnas y ravioles, y gran variedad de antojitos. Tuve que mover una pila porque el pastel de chocolate (tres capas y chantilly inmaculada) se había quedado hasta atrás.

Me dirigí a la mesa, abrí la caja y serví tres rebanadas. Resultó que era una fiesta de bienvenida pues Óscar y Marcela habían venido a México. Abracé a Óscar y el muy jijo me dijo que yo estaba más gordita. Tomé el rostro de Marcela por las mejillas y le dije que era igualita a sus fotos. Ella no me dijo gorda, sólo sonrió, mostrando unos dientes parejos y tan blancos como el papel fotográfico. Y nos reímos, y devoramos nuestro pastel.

Me despertó el hambre. Tuve el impulso de ir a la cocina a servirme un trozo del pastel de tres capas y chantilly inmaculada. Pero todo había sido un sueño. Aquí no hay pastel. Y Óscar y Marcela nunca han venido a México. Me ha dado tristeza, mis días tienen más el dulzor del aspartame que el del azúcar santísima; un dulzor nauseabundo al principio y un amargor al final que se queda todo el día.

viernes, 27 de marzo de 2009

Hijos míos, a partir de hoy seremos pendejos

No hay modo, aunque trate de esconderme y de hacerme pendeja el exterior insiste en su exhibición. Por allá, en otros lares, me topé con la cita de nuestro secretario del Trabajo:

Para el secretario del Trabajo, Javier Lozano Alarcón, la pérdida de 370 mil empleos al cierre de 2008 y principios de este año obedece a un ciclo normal de la economía, pues los meses de diciembre concluyen contratos de trabajadores eventuales. También recomendó a los padres de familia alentar a los hijos a estudiar “no lo que les guste”, sino lo que demanda el mercado laboral, para no ser “corresponsables de historias de fracaso y frustración”.

Y antes de asustarme quiero creer que esto es una errata, que tal vez los periodistas targiversaron las palabras del H. señor, pues en la nota periodística (La Jornada) no leo a los periodistas escandalizarse de tal afirmación. Pero temo que los periodistas no ejercen su labor crítica o no tomaron su café mañanero.
Y antes de asustarme quiero creer que el Secretario encargo su discurso a su equipo de trabajo por lo que estas pendejadas son responsabilidad de los redactores y no del señorcito en cuestión; y los redactores cometieron un humano error. Pero temo que el señorcito fue el que contrato a tan talentoso personal y que su equipo sólo es el reflejo de lo que tiene en el seso.
Y antes de asustarme quiero creer que estoy dormida, que esto es un mal sueño y que en bananalandia los políticos no son pendejos, ni llegan a sus cargos porque sus amigos andan en la cúpula del poder. No, reciben sus cargos porque son los más aptos...
Y no, estoy bien pinche despierta y en unas horas les diré a mis hijos: Hijos míos, a partir de hoy seremos pendejos, no vamos a estudiar nada, no vamos a pensar nada, no haremos nada porque en bananalandia no habrá demanda laboral pues el crecimiento económico será negativo y para llegar a la cúpula del poder basta ser pendejo. Entonces vivan tranquilos, hijos míos, seamos felices, a partir de hoy seremos pendejos.

PD: Estimado Javier Lozano Alarcón, la historia de fracaso y frustración la escribe gente como usted ¡Viva el tercermundismo!

martes, 24 de marzo de 2009

El diario de la tibia (diario íntimo de Roderico)



Querido e inmaculado diario:

La semana inicia sin novedad. Aprovecho estos minutos para escribir estas líneas, justo cuando he terminado de limpiar la cocina y me he robado (tomado) una bolsa de dulces. Aquí me tienes, hasta altas horas de la noche, en espera de que mi ama se duerma. Me dice que tiene mucho trabajo, pero yo no lo sé de cierto: es patética, dice que hace todo y no hace nada, lleva horas viendo el monitor y fumándose sus nauseabundos mentolados sin tocar el teclado.

De repente reacciona y se dedica a imprimir documentos, creo que para sentir que hace algo y es muy útil. Cuando se distrae yo los leo. Son nimios, tan mentolados y patéticos como su personalidad. Pero no los rompo, sólo dejo huellas de caramelo sobre la superficie del papel malgastado.

Ella no se da cuenta, y regresa a su estado primero: observa el monitor y se ahoga en su humo mentolado con cara de que quiere hacer todo pero de que logra siempre la nada.

No sé si consolarla o darle una patada en el culo. En fin, me voy a limpiar el cenicero.

Tuyo, y egregio, Roderico.

lunes, 23 de marzo de 2009

All things pass into the night

You told me, i see you rise
but it always falls
i see you come, i see you go
You say: " All things pass into the night"
And i say "oh no sir, i must say you're wrong,
i must disagree oh no sir, i must say you're wrong
Won't you listen to me?"

You told me "I've seen it all before
been there, i've seen my hopes and dreams
all liying on the ground"
i've seen the sky, just begin to fall
and you say "All things pass into the night"
and i say " Oh no sir, i must say you're wrong,
i must disagree oh no sir, i must say you're wrong
Wont' you listen to me?"
Goodbye horses, i'm lying over you
Good bye horses i'm lying over you

domingo, 22 de marzo de 2009

Putrefacción selectiva

Por cuestiones laborales, tuve que releer Sinuhé, el egipcio de Waltari. Fue una lectura veloz que me ha dejado una sensación de vacío. No reviví el asombro que me causó hace años, muchos ya. Toda lectura tiene su espacio y su tiempo, pero se antoja poder conservar aquella baja pasión que me provocaba traer el libro para arriba y para abajo ante la imposibilidad de interrumpir su lectura. Sí, se antoja entrar a la Casa de la Muerte con todo aquello que no queremos olvidar, entonces macerarlo en brebajes conservadores, arrancarle los órganos para dormirlos en urnas y cobijarlo con lienzos de lino. Y no guardar nada en templos majestuosos sino llevar todo a casa, colocarlo en la mesita de noche, en el sillón de la sala y en algún anaquel del refrigerador. Y se antoja sólo conservar lo que resulta caro, porque lo otro debe ser alimento de gusanos; lo otro debe ser el corro de la Danza Macabra que a ratos nos atormenta pero que al final sucumbirá pues el olvido no es otra cosa que una putrefacción inevitable.

viernes, 20 de marzo de 2009

De chocolate y lechugas

He creado un personaje que es algo antojadizo. A veces camina por las calles de la ciudad, otras veces divaga sobre cotidianidades; y las más estudia y escribe sobre comida. No sé si el personaje ha cobrado vida y voz propia; lo que sí sé es que me acarrea problemas con este asunto de cuidar la dieta.
Cada vez que escribo con él me da antojo, entonces corro a la cocina y tomo agua o un puñado de pasitas.

Pero hoy el personaje andaba muy inspirado, o yo muy compulsiva: del antojo pasa al hambre inmensa. He ido al refrigerador para preparar un crocante plato de lechuga. Pero, por favor, quién chingaos va a elegir el recipiente de la lechuga, lavadita y desinfectada, si a lado suspira la última rebanada de pastel de chocolate. Y no sé, a lo mejor tengo suerte y tanta azúcar me da sueño; y dejo que mi personaje termine sólo su crónica mientras yo me duermo a buena hora. Mientras me dedicaré a sacudir las migas que han caído sobre el teclado.

NOTA: agradecemos, mi personaje y yo, a la pastelería Los Tulipanes por elaborar pasteles perfectos mientras yo no tengo tiempo de hacerlos.

domingo, 15 de marzo de 2009

Heaven On Their Minds

Tal vez sea esta la escena que más me ha impresionado, el rostro más ináudito que he visto y la voz más significativa que me ha acompañado desde la infancia. Vi esta película por primera vez cuando era niña, iba de la mano de mis dos hermanas mayores. Recuerdo que en el cine nos detuvieron, creo que era demasiado pequeña para entrar. Pero entré.
En casa tuvimos el soundtrack, eran discos de vinil: uno negro y otro verde, transparente, hermosísimo, toda una novedad. No sé cuántas veces escuche los malditos discos.
Después de toda una vida nunca he dejado de tararear esta canción en silencio, ella regresa de modo recurrente.
Hace poco vi la película, de nuevo. Mañana la veré otra vez. Nunca he entendido por qué no he tratado de comprar aquellos discos (ahora en CD), por qué no he guardado el video en mi compu, por qué no tengo el DVD; o por qué nunca hablo de ello.
Y creo que ahora ha dejado de ser un secreto porque en este momento entiendo lo que intuí de niña: esa sensación de ver el rostro del sin sentido en un paraje desierto. Necesito esos discos.

martes, 10 de marzo de 2009

amiguito de insomnio


Es definitivo, tengo un amiguito de insomnio. En algún lugar de la colina hay otro imbécil despierto. Hace unas horas escuché martillazos y ahora me llegan melodías diversas y una voz, casi tan desentonada como la propia, que las acompaña. Y tal vez el insomnio es obra de un virus, pero como no muta se me antoja más que la fuente sea una bacteria. Y sí, hay otro infectado por ahí. Imagino que terminó de colgar unos cuadros. O, el muy místico, armó un ejército de crucifijos. Mi amiguito me está animando a subir el volumen de mi compu, así se daría cuenta que alguien más está despierto. Ya lo veo, pelando los ojos, muy asombrado; o aterrado al saberse descubierto.
Sí, amiguito, yo soy testigo de tus tropelías. Me pregunto si sientes algo de compasión por los durmientes. Yo sí, aunque sea poquita: cabrones durmientes, abran los ojos para que los devore la bacteria nocturna. Todos infectados estaríamos más contestos. Pero no, la sola idea me aterra.
Y sigue con su desmadre. La verdad este amiguito de insomnio no me cuadra, ya desmadró el silencio. Y si hubiese una multitud de amiguitos del insomio al fin lograría dormir de noche sin mayor esfuerzo. Y despertaría cuando tuviera la certeza de que ellos, y todos, duermen como muertitos de camposanto.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Sopitas

Y no sé, pensé en buscarme una terapia; pero el dinero lo voy a necesitar para los dientes y el solo imaginar que tendría un horario me dió más ansiedad. Y se me ocurrió que era mejor dedicarme a la calidez humana, a ver el mundo con ojitos amorosos. Que debería observar a la gente desde otro punto de vista, porque luego mis clasificaciones eran rígidas e implacables. Me sonaba sensato clasificar a la gente por sopas, eso tendría que ayudar y quién quitaba y escribía un recetario. Para tener un punto de partida, o el cero del sopámetro, supuse que lo que procedía era encontrar primero el tipo de sopa que soy:




Y sí, se me antojaba ser pozole, con mucho sabor, saturada de colores, especias y proteínas. Ser el señor de las texturas, de los aromas inauditos, un ser de fiesta y agazajo.




Y no, en definitiva no podría ser una sopa de pollo ni una minestrone. Nada que tuviera que ver con "saludable" y "para curar la gripita". Todos saben que fumo con perdida, que tomo café en exceso y que duermo a intermitentes. Caray, aunque me aplicara ni a chamán llegaría.


Claro que me moría de ganas de ser una sopa retro, con ingredientes naturales y caldo auténtico. Sin conservadores ni saborizantes artificiales. Una sopa como la de la abuela, hecha a la antigüita. Pero a quién engaño, si lo "bueno para la salud" no se me da menos el humeante menjurje tipo New Age.


Y aquí me agüité. A lo mejor soy una sopa instanténea: práctica e intensa; pero que después de cinco días causa hartazgo e indigestión. Pero me queda algo de esperanza así que dudé que mi cotidianeidad estuviera llena de verduras deshidratadas. Todavía no.






Alguna vez fui "Sopa del día", mutante. Me pasaban tantas cosas en un solo día que bien pude ser cualquier sopa. Pero hoy todo está en pausa, vivo en una marmita silente.



Y no, tan pinche diva no soy, nunca me he sentido sopa de diseñador ni creación única. Y aunque lo del encierro tiene mucho de cierto, no hace falta abrelatas para verterme en la realidad.





Y ni modo, esto resultó el espejo exacto. Para ser el cero hay que ser sopa en potencia. Ahí está el encierro y la envoltura. Ahí el nombre y la receta. Nada más se necesita un cazo de agua hirviendo, dar un saltito y ser lo que sólo en sueños se ha sido. Nada de pozoles, cremas tersas o sabores exóticos. Soy un vil cubo. Bah. Es hora de saltar al agua burbujeante.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Querencias



Y están las noches en las que sólo espero que me de sueño, en las que deseo que el sueño haga lo suyo. Fumo y pierdo el tiempo, sin ganas de seguir con el trabajo o de ir a lavar los platos. Y así, en mi estúpida apatía, me da por recordar a los muertos muertos, a los muertos vivos y a los vivos. Trato de recordar sólo los rostros que amo, unos cuantos. Revivo las anécdotas, sus voces, sus dichos y el momento exacto de cuando se cruzaron en mi camino. Pronto se desvanecen. En mis noches de patética autodestrucción los rostros de otros son los que invaden este cuarto. Los otros, esos personajes que me han causado tanta decepción. No sé si los odio o los desprecio, tampoco sé si me duelen o me estorban como lo hace una pestaña en el globo ocular. Basta decir "pinches putos" y fijar la mirada en algún objeto que me traiga de vuelta a los que sí quiero. Ellos, los amados, saben quiénes son. Los "pinches putos" se hacen los que no saben, pero aquí tengo la lista. El sueño se acerca.

jueves, 12 de febrero de 2009

Pecera


Creía que estaba encerrada, aquí bajo la cripta. Pero me llamé a engaño. El encierro es anterior. Era como estar dentro de una pecera, con su grava, sus plantitas de plástico y su burbujear. Ahí estuve escuchando las nanas de los ahogados. Tras el cristal encendí bengalas para que otros vinieran a mirar.

No sé que ocurrió, pero me salí de mi pecera. Me he dedicado a ver las peceras ajenas. Veo a sus moradores encender bengalas y hacer cabriolas para que otros vayan a mirar. No sé que nos mueve a crear peceras, cuál es la urgencia de ser "mirado", de dónde esta estúpida necesidad. Me cansé de ser pececillo, es más sabroso ser pescado, ahogarse con el aire enrarecido, caminar en solitario.

Pero a ratos se antoja nadar. Soy libre de ir y venir. Agua y viento, sin deber ser. Así, sólo por que yo quiero.

viernes, 9 de enero de 2009

Hombrecito



1. Las he contado, sólo quedan tres galletas de jengibre. Sólo una de ellas tiene forma de hombrecito. Las contemplé un rato, no he decidido si guardarlas hasta la siguiente Navidad o comérmelas de un bocado (aunque ya se acabó la tregua de los carbohidratos).

2. Pienso que lo mejor sería devorar al hombrecito galleta, que ya bastante ha huído de las manos golosas. Ha de cumplir el destino escrito en el cuento de niños: termina devorado por una zorra.

3. Y entonces descubro que lo de "zorra" no me va, no por el momento, en ningún sentido. Hoy tengo más que ver con el hombrecito galleta: he huído, he corrido, alardeando que nadie podría alcanzarme... y la verdad hace tiempo que estoy en la panza de un animal imaginario. Ahí el tiempo no tiene sentido, no hay año nuevo ni año viejo ni buenos deseos ni malos pensamientos.

4. Espero a que la cafetera haga lo suyo. Está decidido, devoraré las galletas: primero le toca al hombrecito. Me comeré una patita primero, luego la otra, luego las manitas, una por una. Quiero que sufra, que implore con su lagrimitas de azúcar. Que se arrepienta de haber huído toda su vida, que se arrepienta mientras los jugos gástricos del tiempo lo desintegran.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

lo que se desvanece

Beksinski

Creo que paso demasiado tiempo aquí, dentro de casa. Cada vez que salgo a la calle me enfermo, tengo una gripe recurrente. Y hay días en los que el malestar es inaudito, me derrumba por dentro y por fuera. Me deja suspendida en este limbo que he creado en los últimos meses: no importa lo que suceda, los días son iguales y uno se dedica a devorarse la deriva. Me cansa enfermarme pero más me cansa intentar no cansarme. Tendré que salir a la calle una y otra vez, es inevitable. Trataré de resignarme si acaso me enfermo de nueva cuenta; cuando sienta la fragilidad de este cuerpo imaginaré que sólo es el eco de lo que se desvanece día a día.

jueves, 4 de diciembre de 2008

¿Y las hormigas?


1. Quité el Altar de Muertos a regañadientes, un día antes del Día de la Revolución. Me arrepentí. Debí llevar a cabo la idea de mi hija: reciclar el Altar, adaptarlo a las festividades en curso y quitarlo al año siguiente sólo para volverlo a plantar en el Día de Muertos. Sólo teníamos que sustituir las flores y los colores del papel picado: para Navidad, nochebuenas y papelitos roji-verdes... rosas y pliegos rosados en San Valentín... gladiolas y tonos morados para Semana Santa. Y nada, no hice caso, y quité el Altar. Me ha quedado un vacío desde ese día.

2. Y no hice caso, ni siquiera a los augurios que escondían las calaveras de azúcar. Todos los años las retiro, las desenpolvo y las guardo para volverlas a usar; pero antes debía sacudirlas para quitarles las hormigas que se escondían, golosas, en la bóveda. Este año no encontré ninguna hormiga. Pensé que ellas ya se habían hartado de tragar azúcar todos los días o que habían terminado de guardar provisiones para todo un año. No estaban.

3. Imaginé que las hormigas cotidianas se habían ido a otro apartamento, o que habían sido víctimas de algún derrumbe en el hormiguero que se encontraba en algún lugar oculto del jardín. También supuse que el frío anticipado las había exterminado. O bien las muy estúpidas habían muerto de diabetes por tragar tanta azúcar. Creo que fue ese vacío, el de las bóvedas craneales, el que se me instaló dentro: el fantasma de la marabunta me había poseído.

4. Pasaron los días. Entre los quehaceres cotidianos no dejaba de pensar en las hormigas y de sentir una tristeza ya conocida al mirar el hueco donde estaba antes el Altar de Muertos. Me dediqué a recrearlo, a imaginar el movimiento del papel, a distorsionar las sombras que provocaban los cirios encendidos y a blanquear todavía más la docena de sonrisas azucaradas que custodiaban la casa.

5. Anoche, en la madrugada, entré al baño y prendí la luz. En un rincón descubrí una hormiga. Era grande, como aquellas que venían al Altar, pero de color oscuro, casi negra. Estaba ahí, quietísima, haciéndome creer que estaba muerta. Apagué la luz y la encendí nuevamente. La hormiga se había movido unos centímetros, pero había regresado a su juego de la esfinge. Supuse que pertenecía a otra especie y por ende a otro hormiguero donde nada se sabía de altares ni de azúcar ni de muertos. Ella me temía. No era como las otras que paseaban descaradamente por toda la casa sin inmutarse ante mi presencia. Era otra.

6. A ratos creo que aquella hormiga no era otra sino una compañera de las antiguas. Ellas no vinieron a comer azúcar porque ya no me conocen. Porque uno es el otro y no ellas. Y a ratos creo que no han regresado porque a través de los años, con tanta ofrenda, lograron construir su propio altar en el hormiguero que se encuentra oculto en el jardín. Pero también se me ocurre que olvidaron el camino y que no debí quitar las calaveritas. Tenía que haberlas dejado a modo de faro para que las guiara en su regreso a casa.

7. Me he arrepentido una y otra vez por haber quitado el Altar de Muertos. Me quedé con este vacío y con la sensación de que la hormiga extranjera era un espejo minúsculo. En fin.

lunes, 10 de noviembre de 2008

y el Imperio no quiere morir...


Y bien, el Imperio se niega a morir... y no se trata de cambios radicales, de sucesos maravillosos o la materialización de Utopía; es simplemente el curo de la historia.
Dudé en subir esta imagen, dudé en mostrar cierta emoción; pero no existió duda de que, para la mayoría de los cuarentones, el suceso poseía cierta luminosidad.
En mi infancia conocía La cabaña del tío Tom, viví el éxito de Raíces en televisión, y tuve la suerte de conocer las plantaciones de New Orleans antes de la devastación. Leí noticias sobre el Apartheid, sobre la liberación de Mandela. Me perdí en las páginas del universo sureño de Faulkner, y traté de entender.
Enfin, dudé en subir la imagen porque los Imperios son lo que son. Pero a ratos se antoja dejarse hechizar, echarse una siesta de tanta realidad y seguir al conejo blanco que nos lleve a otros mundos. Sí, se antoja tener esperanza, aunque tengamos la certeza de que la esperanza es un ser deforme y atroz... Total, hay días para el ensueño: si Alicia pudo, yo también...

jueves, 6 de noviembre de 2008

La mil y una huevas



De niña, me gustaban las sobras de las cenas de la "gente grande". Mi mamá solía montar caviar bicolor sobre queso crema. Imagino que a la mayoría de los invitados no le gustaban las huevas de pescado pues, al día siguiente del evento, siempre sobraba dicha botanita. Hace años que no como botanitas de caviar. Estoy pensando en comprarme un frasquito en el súper, total, quitamos pesos del mandado y me doy un atracón de hueva de pescado...
Aunque, pensándolo bien, creo que no necesito más huevas, ya tengo muchas, y de todos colores. Resultaría económico utilizarlas en lugar de despilfarrar la quincena en el súper. Sólo necesito comprar unas galletitas dietéticas y a embarrar: la hueva que me da revisar mi correo, la hueva que me da salir a la calle, la que me da al contestar el teléfono, la que me da al intentar renovar OSIAZUL, la que me da al entrar a las criptas, la que me da al tratar de escribir la última cuartilla de un libro, la que me da al preparar un proyecto de lectura, la que me da al tratar de hablar de los acontecimientos de moda, la que me da... bah, mejor me compro el frasquito, mis huevas han de dar indigestión y las del frasquito sólo saben chingón.

lunes, 13 de octubre de 2008

El "refri" o "frigo"



Hace un par de semanas cambié mi refrigerador. Mi frigorífico antiguo era pequeño, apenas unos centímetros más alto que el frigobar. Durante años lidiamos con el estibar de cajas, empaques y envases. Pero fue un buen refri, nunca se quejó. Aunque congelaba mal la comida le dio abrigo (o desabrigo) a gelatinas de cumpleaños, pasteles, asados con la condición de tirar o comer inmediatamente lo que ya no se podía guardar de nuevo.

Lo han apodado El Féretro, tal vez por su tamaño, por su color acero inoxidable o por esa fachada cóncava que más parece una pancita (sí, de alguien atiborrado y contento). Y me gusta el apodo, tanto que he pensado seriamente mandar a hacer un testamento con mi última voluntad: se joden, esperé tanto mi refri nuevo que ahora me entierran en él, y no me quemen que me da harto miedo el fuego.

Hace unos días comentaba por ahí que es curioso cómo asignamos valor sentimental a los objetos. Incluso los animamos, y los convertimos en mitos o en receptáculos de leyendas. Pero lo hacemos con todo aquello que nos sabe a polilla. Sólo las cosas con cierto grado de antigüedad juegan este rol. Y no sé, creo que ya es tiempo de incluir a los electrodomésticos, ya tienen años inmersos en nuestra cotidianidad. De entrada creo que mi refri viejo hizo bien en irse lejos, no sólo porque no daba la talla sino porque había sido cómplice de muchos sucesos. Cada vez que abría su puerta y escarbaba en su interior ciertos fantasmas se asomaban. Y no es mala cosa, pero no todos mis fantasmas me agradan.

Y nada, me sorprende que un refri pueda hacerme sonreír cada vez que entro a la cocina. Bah, en el fondo soy un espíritu simple.

pd: doy gracias a mi santa patrona del crédito que ha hecho posible el cambio de frigo.

martes, 7 de octubre de 2008

De magnolias y sapos (3 de 3)



Allá en la infancia, cuando iniciábamos el ciclo escolar, en las primeras semanas de clases nos entregaban nuestros libros de texto: limpios, lisitos y todavía olorosas a tinta. Me causaba placer el meterlos en mi mochila para llevarlos a casa donde se les cubriría con plástico prístino. Confieso que no hojeaba el libro de ciencias naturales ni el de sociales, ni siquiera el de español; el único que abría era el de lectura. Gustaba de ver las ilustraciones, los nombres inauditos de los autores de aquellos poemas, cuentos y fábulas. De aquellas lecturas, o más bien de la primera impresión de aquellas lecturas, recuerdo el Sapito glo-glo. Y dice:

Nadie sabe dónde vive,
nadie en la casa lo vio.
Pero todos escuchamos
al sapito: Glo...glo...glo.
¿Vivirá en la chimenea?
¿Dónde diablos se escondió?
¿Dónde canta cuando llueve,
el sapito Glo...glo...glo?
¿Vive acaso en la azotea?
¿Se ha metido en un rincón?
¿Está bajo de la cama?
¿Vive oculto en una flor?
Nadie sabe dónde vive,
nadie en la casa lo vio
pero todos escuchamos
cuando llueve: glo...glo...glo.
Juan Sebastián Tallón

El poema estaba acompañado de una ilustración de un sapito verde, un dibujo que se antojaba "básico" tal vez por la calidad del papel de aquellos libros. De todos los versos y del onomatopéyico glo-glo me obsesionaba el verso de la chimenea: sería porque un sapo no podría vivir en el hogar encendido o porque nunca tuve chimenea en casa o porque mi lógica infantil (que no ha mejorado) no entendía qué diablos hacía el estúpido sapito en tan peligroso lugar.
No me gustaban los sapos, ni me gustan, son horrendos. No así las ranitas, verdes o coloridas, venenosas o benignas son chulas. Los sapos no, son feos y creo que tontos, muy humanos ellos. Y no los entiendo, muy humanos ellos. Por qué se esconderían en la chimenea, por qué saldrían de su pozo para terminar, crack, muertos en el pico de una cigüeña, por qué volarían para terminar despanzurrados en el parabrisas según la secuencia de una película.
Tan humanos ellos, lo dicho, son feos y tontos, y no tienen ninguna piedra brillante en la cabeza, aunque lo diga Andersen:

-Es gorda, patosa y fea -decían las verdes ranillas-. Sus hijos serán tan feos como ella.
-A lo mejor -dijo la madre sapo-, pero uno de ellos tendrá en la cabeza una piedra preciosa, a no ser que la tenga yo misma ya. (El Sapo, Hans Christian Andersen).

En este cuento sólo un sapo podría dárselas de aventurero, soñar con ver el mundo y terminar ahogado en su ambición, tan humano él. Y, crack, termina muerto.
Total, al final del cuento no hay piedra, sino sapo muerto; y al final del poema no hay sapo, sino espectro de sapo; y al final de la película Magnolia no hay final feliz, sino sapos triturados. Pinches sapos, son tan humanos que nunca les entiendo. Bah.

viernes, 3 de octubre de 2008

De magnolias y sapos (2 de 3)


No sé de dónde viene esta cercanía con la palabra magnolia; tal vez sea su sonoridad semeja al acto de anudar, si uno dice "magnolia" alguien o algo ha anudado un gran listón... o tal vez el vago recuerdo de la primera vez que vi una magnolia, o muchas, espeluznantemente blancas y grandes flotando en lo que me parecía un árbol inmenso mareada, seguramente, por ese aroma dulzón que despiden. O tal vez la cercanía de la palabra proviene de un disfraz que lucí en un Festival del Día de las Madres y cuya confección me emocionó tanto.

Día tras día seguía los avances: el armado del alambre y del tul, los pétalos terminados y la fusión final en la máquina de coser. "Magnolia" significaba la emoción de recitar unos versos, de no olvidar los pasos de la tabla, de no sonrojarse ante las miradas de los niños; "Magnolia" significaba la transmutación que sólo es posible en la infancia.

Creo que recordé aquel disfraz gracias a la película, justo en el momento en el que el primer sapo cae del cielo y se estrella contra un parabrisas. Vi de nueva cuenta los rostros de los niños, de mis compañeros disfrazados: la rosa, el lirio, el alcatráz... ahí estaban nuevamente las miradas cómplices tratando de seguir los pasos de uno y otro para que la tabla saliera impecable.

Y en nuestra imaginación fue perfecta.

Busqué una foto de aquel día, recordaba que existían unas transparencias pequeñitas en algún lugar de la colina. Me entusiasmó la idea de poder ver la imagen gracias al escáner de transparencias, ¡oh, sí, bendita tecnología! En el monitor pude ver aquella sonrisa de la infancia, pero también pude escuchar a mi madre burlarse de los disfraces de mis compañeros con su crueldad habitual.

Y no sé, al final "Magnolia" significa tristeza o pérdida, algo más semejante al recuerdo primero de las flores que flotaban sobre un árbol inmenso, con su blanco espectral, semejantes a fantasmas. Y sí, son los fantasmas de las hadas de los cuentos que dejaron de existir en algún momento de la infancia.