
1. Uno sabe que ha dejado la niñez atrás, muy atrás, cuando habla de su "Yo niño" como si hubiera sido un prodigio. A más de uno he oído platicar anécdotas de su infancia, de cómo cuando niños eran tan luminosos, curiosos, afanosos, talentosos y demás "osos" de un genio nato. A más de uno he escuchado hablar de sí mismos tal como un padre o una madre hablarían de sus vástagos. Y así, toda la vacuidad del adulto termina por diluir al niño que fue. Será que el adulto no entiende que su grisura no es propia de la infancia; que un niño no necesita títulos, abalorios, preseas o fuegos de artificio para destacar, puesto que la infancia es brillo
per se.
2. Alguna vez traté de recordar mi primera lectura de El Principito recreando los capítulos leídos. En algun sitio todavía existe aquél libro delgado y con garabatos en las portadillas. Es un libro propio de las manos de un niño, no así mi libro de adulto con su pasta dura y su edición bilingüe.
3. En el libro delgado me reí del dibujo de la boa voraz, amé el dibujo de los baobabs, me aburrieron los planetas, nunca amé a la rosa, sonreí con el zorro y temí al relámpago amarillo. No lloré la partida del Principito. Pero sí lloré al descubrir que el adulto se había quedado triste por siempre, porque el niño de rizos de oro jamás regresaría. Y no me importaba si el cordero se comía a la rosa, que era una flor mala. Ese adulto que no sabía dibujar boas no me engañaba, ver las estrellas le daría poco consuelo, porque también lo harían llorar por su amigo muerto.
4. En el libro de pasta dura me jacto de leer la obra en su idioma original. Me detengo en el pasaje del cordero, leo y releo los planetas; y reconozco a cada uno de los personajes que caminan por la faz de la Tierra. Siento pena por la rosa, me burlo del hombre de negocios, no le creo al zorro y amo al relámpago amarillo. Pero al final lloro ante la partida del Principito, observo la ilustración del niño que "cayó suavemente como un árbol" y me ahoga el desconsuelo. Me aferro al narrador y creo todas sus palabras. Al final amo a la rosa y pido, con fervor, escuchar los cascabeles. Y sé que soy adulto cuando me descubro cómplice de la tristeza del narrador y ya no el testigo con ojos de niño. Entonces deseo regresar al libro delgado, aunque sólo sea una traducción, o que alguien me pinte un cordero.