lunes, 11 de abril de 2011

Pequeñas urnas


Para Elsa

Y están los que recibieron el don de ser buscadores, esos que dedican los días a encontrar la respuesta a su pasión. Van, observan, encuentran y almacenan. Y así los buscadores son dueños de cientos de ideas y de imágenes. Mas el buscador no sólo es un coleccionista sino un aprendedor de las formas. Destila todo aquello que está disponible a sus sentidos. Al final, el buscador se embriaga de conocimiento, es un borracho de luz.

Pero todo es finito. Los buscadores también mueren. Me horroriza la idea de que toda su luz se extinga, de la imposibilidad de preservarla dentro de un lámpara quimérica. La muerte de un buscador es entonces la oscuridad silente a la que los vivos, que no los muertos, son sentenciados; el reconocer que toda esa luz ya no delatará a las sombras es devastador.

Imagino ahora a los buscadores como pequeñas urnas que transitan nuestro camino. Jamás podrán vaciar su contenido todo sobre nosotros, pues sólo serían cenizas al viento. Queda esperar que a ratos emanen algunos fuegos fatuos en sus charlas, en sus escritos, en sus lienzos,en sus partituras. Ahí, por momentos, se puede recobrar el asombro ante las evanescencias de lo sublime.

Dulces sueños a las pequeñas urnas que danzan ya con la muerte, llevándose su contenido a territorios nunca vistos. Nosotros nos quedamos llorando, ateridos en esta oscuridad que nos deja su ausencia.

viernes, 1 de abril de 2011

Abril es de Madeleine

Desde hace 9 años espero que el 1 de abril sea distinto, que la imagen última se desvanezca, que no me despierte su cuerpo abatido sobre la plancha de acero inoxidable con el vientre hinchado y el verdor iluminando su rostro y sus manos antes blanquísimas.

Desde hace 9 años espero que el 1 de abril no me escupa a la cara mi cobardía, mi obediencia ciega de hija sometida por la cual no la vi antes de que muriera. Y por ello estar sentenciada a su ausencia y mi ausencia atroz. Desde hace 9 años quisiera ya no llorar cuando siento este dolor que repta del esternón a mi garganta.

Hoy es el no cumpleaños de mi tía, mi madre sustituta, la abuela de mis hijos, la que decía que tenía nombre de pan dulce, la que acompañó mis juegos de infancia, la del traje verde limón, la prisionera de sus lutos, la hacedora de gelatinas, de la bailadora de danzón.

Hoy es el no cumpleaños de Madeleine. Aquí seguiremos nuestro camino. Dulces sueños.

lunes, 21 de marzo de 2011

El último invierno


1. Sentía que las estaciones no tenían ya sentido, no en una ciudad como esta y su perpetua estación cemento. Así, sin tierra de por medio ni cosechas por venir, el final del invierno sólo se reflejaba en mi incomodidad ante el calor; ante el polvo y el polen que me enferman, y ante esa estúpida luz amarilla que me enceguece cuando abandono estas cuatro paredes.

2. Imaginaba a las estaciones como separadores de un libro que no he terminado de leer aun cuando los capítulos se acortan más y más, como si el tiempo se alimentara de la tinta de sus folios. Ese libro que parece una copia del que poseen otros, pero que es único; aunque el epílogo sea el mismo.

3. Escuchaba lo que creí el lamento del invierno, semejaba al ruido que alguien produciría si fuera posible amputar un témpano. Pero el estruendo provenía del vidrio de una ventana que, bajo el rayo del sol, se desmoronaba. La imagen perfecta sería la de la imposibilidad de que un vidrio sufra quemaduras solares y se ampolle. Ahí estaba la llaga, me basto apenas señalarla para que me estallara en la cara, supurante de astillas y destellos.

4. Pensé: ha sido el último invierno de esa ventana, y apenas disfrutará de un par de días de primavera. Está acabada, destemplada por los elementos.

5. Pienso, y corrijo por una absurda empatía: la ventana sólo está cansada, perdió el temple, olvidó cómo escanciar el agua y el fuego en la misma superficie. Y sin más, la señalan y estalla sobre la cara del que la ha juzgado. Pienso, y corrijo de nuevo: sí, la ventana está acabada. Y yo ya no sé estallar, sólo me queda darme la media vuelta. Yo y mi fragilidad nos alejamos. El invierno se ha quedado con todo.

miércoles, 16 de marzo de 2011

El mago (Arcano I)


Por la tierra han caminado personas que logran abrir portales a otros mundos mediante las palabras más sencillas. Preparan sus escritorios: sobre ellos despliegan el papel, el tintero, las plumas. Llenan con aceite los vientres de las lámparas, y escriben noche y día. Trazan “Árbol”, y un estruendo surge de debajo de la tierra y estalla en verde follaje y ramas que mecen frutos coloridos. Trazan “Conejo”, y de un sombrero imaginario, salta el animal, sube y baja, desordena los escritos y sale por la puerta en busca de una niña.

Algunos los llaman prestigiditadores del lenguaje, otros los nombran engatusadores de lo irreal. Los iniciados les dicen magos, como aquellos de las historias antiguas que conocían el nombre verdadero de las cosas. Ellos son los hacedores de mundos, los que subliman sus deseos para llegar a ser los amos y señores del País de las Maravillas.

martes, 8 de marzo de 2011

Canción de una dama en la sombra

Canción de una dama en la sombra

Paul Celan


Si la dama del silencio llega y decapita los tulipanes:
¿quién gana?
¿quién pierde?
¿quién se asoma a la ventana?
¿quién pronuncia primero su nombre?
Es alguien que lleva mi pelo.
Lo lleva como se llevan los muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo llevó mi pelo en el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.
Él gana.
No pierde.
No se asoma a la ventana.
No dice su nombre.
Es alguien que tiene mis ojos.
Los tiene desde que cerraron las puertas.
Los lleva como anillos en el dedo.
Los lleva como pedazos de placer y zafiro:
ya era mi hermano en el otoño;
ya cuenta los días y las noches.
El gana.
No pierde.
No se asoma a la ventana.
Dice al último su nombre.
Es alguien que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo como se llevan las actas.
Lo lleva como el reloj lleva la peor de sus horas.
Lo lleva de umbral en umbral, no lo abandona.
El no gana.
El pierde.
Se asoma a la ventana.
Dice primero su nombre.
A él lo decapitan con los tulipanes.

viernes, 4 de marzo de 2011

Marzo amarillo


Leo, huyo, cierro el libro. Regreso. Entonces observo las paredes, hace años que las pinté, lo sé porque han empezado a amarillear.

A ratos creo que el amarillo proviene de los cientos de cigarros que me fumo al año combinados con las células de mis pulmones que escapan muertas. Pero no entiendo por qué los otros objetos que me rodean conservan su color original.

A veces señalo al cochambre que repta desde la cocina, como un espíritu aciago del hogar que lo impregna todo; y se me antoja apagar la estufa para siempre, aniquilar los amarillos de los aromas, de las texturas, de las lenguas salivadoras.

Las paredes amarillean como lo hacen las hojas de ciertos libros. Aquí adentro, en mi estúpida contemplación del entorno, me adivino un personaje que se desdibuja en el mismo folio de un cuento sin lector.

Abro el libro, para huir siempre. Me detengo porque entonces temo que soy yo la que ha amarilleado mis muros verdes. No con el cigarro, no con los fantasmas de mis guisos sino por sonambulismo. Así, por las noches, me dedico a exterminar las frutas de marzo, soles dulcísimos, restregándolas en los muros. Cuando despierto, a las que quedan, las devoro por odio.

Hace calor, abro todavía más la ventana, aunque ello me provoque un ataque de tos. Detesto marzo amarillo, su polen, su sequía, sus estúpidos rayos de sol a través de los cuales distingo miles de partículas suspendidas. Me consuelo imaginando que éstas son dragones diminutos: revolotean escupiendo fuego por todo el lugar. Ahora entiendo de dónde proviene este calor, ahora entiendo quiénes provocan mi tos. Ahora comprendo que el amarillo de mis muros es el fuego ahí impreso de todos los pequeños dragones.

Abro una vez más el libro, y me voy. Los dragones no existen. Sólo es el paso del tiempo el que amarillea este lugar.

lunes, 21 de febrero de 2011

El disfraz del suicidio

Puede el hombre tener violenta mano
contra él mismo y sus cosas; y es preciso
que en el segundo recinto lo purgue

el que se priva a sí de vuestro mundo,
juega y derrocha aquello que posee,
y llora allí donde debió alegrarse.

(
Divina Comedia, Dante Alighieri)


1.
Hace unas semanas alguien comentó sobre la nueva versión cinematrográfica de "Marcelino, pan y vino"; ni siquiera sabía que existía una primera. Para mi sólo se trataba de un libro. No de un libro cualquiera sino de aquellos folios de infancia que de alguna forma nos señalaron el camino a tomar.

Cuando citaron la película en cuestión, no sólo recordé el libro sino que lo encontré en uno de mis libreros. Es un ejemplar color chocolate, de pasta dura, ilustrado y que todavía conserva los dientes furiosos de un perro que hace años es fantasma. Me inquieta el poseer objetos que todavía guardan recuerdos, me basta desenpolvarlos un poco y esperar que el asma o la anécdota surga.

No sé quién me lo regalo, no recuerdo el rostro pero si las manos que me extendieron aquel regalo envuelto a la vieja usanza: con papel de china blanquísimo, lleno de pliegues pequeños que simulaban una escalera para duendes y sobre la cual se solía poner una pegatina metálica con el logo del proveedor. Sé que en ese entonces no lo leí, aún era yo una analfabeta. Las imágenes subsecuentes no son de una sino de varias lecturas, lo sé por las texturas varias y la iluminación cambiante del recuerdo.

Ahora observo el libro, me cuesta trabajo entender por qué no podía leerlo con fluidez pues la tipografía es grande y el interlineado perfecto. Leo, la historia siempre me resultará perturbadora.

2.
Lo admito, la idea de que un Cristo de madera tuviera la capacidad de cobrar vida y descender de su cruz me aterraba. Lo imaginaba crujiendo al exhibir sus llagas y sus espinas. Paradójicamente también sentía tristeza. No entendía la comunión del horror y la tristeza que me invadían ante la visión de aquel títere ensangrentado.

Releo el libro, he superado ese miedo, y la tristeza es otra, la consetudinaria. Pero Marcelino, Pan y Vino, junto con otros cuentos, no abandona su disfraz del suicidio. Aunque la imagen final enaltece la muerte del niño, como si se tratara de la elección de un santo, no deja de ser una mentira.

3.
He tratado de recordar el nombre del texto donde leí la descripción de una mujer que lloraba y se desgarraba las vestiduras porque su amado muerto no podría ser enterrado en el camposanto; creo que fue gracias a ese texto que tuve que buscar la palabra en el diccionario sólo para descubrir que se trataba de un panteón.

El amado muerto en cuestión había sido repudiado por el sacerdote de la capilla pues era un suicida. Creo que mis entonces escasas lecturas me permitían engarzarlas a la mínima provocación: recuerdo que entonces no entendí dónde estaba la santidad de uno, Marcelino, y donde la herejía del otro, el amado. Lo que sí comprendí fue el por qué La Sirenita se había transformado en espuma y El Principito en arena: eran suicidas indignos de una lápida donde llorar su ausencia.

Años después, imaginaba a estos seres tristes enlodados en el Séptimo Círculo de Dante. Sí, Marcelino, el santo, también estaba ahí. Y las palabras de Pio XII me parecían un escupitajo contra el patetismo del suicida: Enseñada a vuestros fieles el horror a este delito, educadlos para soportar las desventuras, atemorizadlos --si es necesario para su salvación-- con aquellos argumentos divinos y humanos que la moral católica expone ampliamente.

También admito que desprecié todo aquello que era reflejo de mi propia fragilidad. Pero sí, en cierta ocasión estuve a punto de reunirme con los niños suicidas de mis lecturas. Justo en ese momento en que la inmensidad no es otra cosa que la vacuidad. Ahí, donde el amado duerme en los brazos de otra, ahí donde la rosa sucumbe al frío en un planeta imaginario; y ahí, donde uno mismo es la madre muerta.

4.
Fui una niña soberbia al creer que mis relecturas cambiarían el final de ciertas historias. Fui una soberbia al pensar que el vacío nunca me poseería. Y soy una soberbia al escribir todo esto, y al decir que he leído sobre el suicidio lo suficiente para saber que debo seguir pecando, hasta el cansancio, hasta ganarme mi boleto al infierno; porque alguien debe rescatar al huérfano, a la malquerida y al niño cordero. Y sí, alguien debe rescatarlos y darles consuelo. Dejar que el perro fantasma devore todos los folios con finales aciagos y apagar las anima sola de todos los tiempos.

sábado, 5 de febrero de 2011

Las cabañuelas truncas


Mis cabañuelas han pagado mi pereza de entrar diario a las Criptas. Creo que usé como servilleta el papel con las anotaciones de los últimas días de enero. Aunque si bien no realicé la observación del día 31, las cabañuelas han quedado más truncas de lo que esperaba. Observarán ciertas coincidencias al unir las lecturas. Lo único que me inquieta es la ausencia de lluvia. En La Colina siempre tenemos listas las branquias para los meses de julio y agosto. Por lo pronto las cabañuelas no se equivocan, ya es febrero y los días son papalotes al viento.

Enero: frío y húmedo, de lloviznas tímidas.
Febrero: sol blanco perturbado por ventiscas ocasionales. Vientos.
Marzo: sol amarillo, aire de tibiezas sugeridas; tibieza diurna, frío nocturno.
Abril: sol, el calor cuaja en las esquinas.
Mayo: sol y suspiros del infierno, calor tímido.
Junio: calor seco, calor.
Julio: calor seco, calor.
Agosto: el infierno, el calor.
Septiembre: la sequía refresca por las tardes, el calor y la sequía regresan.
Octubre: la tibieza titubea, el frío cede a la tibieza nocturna.
Noviembre: la tibieza y las ventiscas nocturnas, el frío seco.
Diciembre: el frío amanece, el frío intenso y su llovizna.

jueves, 27 de enero de 2011

El no cumpleaños (mínimo homenaje a Lewis Carroll)



El Loco

Los primeros copos de nieve empezaron a caer sobre el césped.
—Miren, se parecen tanto a los terrones de azúcar que le gustaba mordisquear al lirón —dijo la Liebre de Marzo. Nadie escuchó, hacía tiempo que los convidados a la hora del té habían muerto.

La Liebre dedicaba sus días a contemplar el desfiladero, en espera de que el Sombrerero regresara en cualquier momento. La vajilla yacía sobre la mesa, polvosa y manchada. La Liebre había pensado en partir, pero era diciembre y hacía meses que estaba cuerda.

Los copos de nieve caían. —Miren, se parecen a las migajas del pan con mantequilla —dijo la Liebre de Marzo. Nadie escuchó. Ni siquiera ese cuerpo tieso, momificado, que parecía ser su reflejo, pero menos etéreo de como era ella.

miércoles, 19 de enero de 2011

domingo, 2 de enero de 2011

Cabañuelas (actualizado)


Gracias a @duguvan, quien comparte la anécdota abuelos-cabañuelas ajusté mi tabla de pronósticos. Parece que la metodología es más compleja. He aquí un artículo de Mexico Desconocido que resulta una buena guía.

Me temo que mis cabañuelas sólo pertenecen a La Colina y territorios adyacentes. En esta ciudad es imposible generalizar: mientras que los del norte padecen sequía, los del sur desarrollan branquias. Y mientras los del este cuentan borregos en el cielo, los del oeste se deslizan en el arcoiris. Total, al final lo que importa es lo que veo tras esta ventana.



Día 1 (Enero): frío y húmedo, de lloviznas tímidas.
Día 2 (Febrero): sol blanco perturbado por ventiscas ocasionales.
Día 3 (Marzo): sol amarillo, aire de tibiezas sugeridas.
Día 4 (Abril): sol, el calor cuaja en las esquinas.
Día 5 (Mayo): sol y suspiros del infierno.
Día 6 (Junio): calor seco.
Día 7 (Julio): calor seco.
Día 8 (Agosto): el infierno.
Día 9 (Septiembre): la sequía refresca por las tardes.
Día 10 (Octubre): la tibieza titubea.
Día 11 (Noviembre): la tibieza y las ventiscas nocturnas.
Día 12 (Diciembre): el frío amanece.
**
Día 13 (Diciembre): el frío intenso y su llovizna.
Día 14 (Noviembre): el frío seco.
Día 15 (Octubre): el frío cede a la tibieza nocturna.
Día 16 (Septiembre): el calor y la sequía regresan.
Día 17 (Agosto): calor.
Día 18 (Julio): calor.
Día 19 (Junio): calor.
Día 20 (Mayo): calor tímido.
Día 21 (Abril): calor tímido.
Día 22 (Marzo): tibieza diurna, frío nocturno.
Día 23 (Febrero): Vientos.
Día 24 (Enero):
**
Día 25 (Enero-Febrero):
Día 26 (Marzo-Abril):
Día 27 (Mayo-Junio):
Día 28 (Julio-Agosto):
Día 29 (Septiembre-Octubre):
Día 30 (Noviembre-Diciembre):
***
Día 31:
12-2 am (Diciembre)
2-4 (Noviembre)
4-6 (Octubre)
6-8 (Septiembre)
8-10 (Agosto)
10-12 (Julio)
12-2 pm (Junio)
2-4 (Mayo)
4-6 (Abril)
6-8 (Marzo)
8-10 (Febrero)
10-12 (Enero)

sábado, 1 de enero de 2011

Cabañuelas y 2011


Algunas abuelas hablaban de las cabañuelas, así ocurría con la de Libia y con la mía. Al iniciar el año, durante los primeros doce días de enero, verifico el clima. Imagino entonces que así será en tal o cual mes del año. Pero cuando el año transcurre y los días se agolpan olvido por completo mi predicción.

Hoy, primero de enero, el día amaneció nublado. Al abrir la ventana la humedad entró de golpe. La sequía siempre me provoca desasosiego, la promesa de lluvia me parece más luminosa que el sol sobre el cielo despejado. Me tranquiliza que, según las cabañuelas, enero será un mes frío y húmedo, de lloviznas tímidas. Entonces decidí anotar los primeros doce días de enero y su clima en este blog. Dejarme de olvidos:

Día 1 (Enero): frío y húmedo, de lloviznas tímidas.
Día 2 (Febrero):
Día 3 (Marzo):
Día 4 (Abril):
Día 5 (Mayo):
Día 6 (Junio):
Día 7 (Julio):
Día 8 (Agosto):
Día 9 (Septiembre):
Día 10 (Octubre):
Día 11 (Noviembre):
Día 12 (Diciembre):

En realidad no me importa si mis pronósticos llegan a buen término, aunque creo que las predicciones son maleables. Me interesa conservar la magia que presentía en las palabras de mi abuela; la misma magia que materializo a la mínima provocación como única posibilidad de asir este mundo. O tal vez todo es un pretexto para escribir. Y todo lo anterior es la exhibición de mi ocio. Ojalá todos tengan magia y pretextos y ocio para este año 2011.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Terreno baldío


Algunos cuartos de esta casa dan a un terreno baldío. La gente suele usarlo como contenedor de basura. Pero no siempre fue así. Hace muchos años, cuando era niña, el terreno era una especie de pastizal. Todas las tardes alguien llevaba ahí a sus vacas. Me gustaba observarlas: balanceaban la cola, masticaban la hierba y mujían de vez en vez. Algunas veces creía que ellas también me observaban con esos ojos dulces que sólo las vacas pueden tener.

Pasaron los años y un día llegó una familia a vivir al terreno. Construyeron dos cuartos con tabique y techo de lámina. Meses después pintaron de verde la fachada de la casa. Los niños salían a jugar con carritos o a corretearse sin ton ni son. Tiempo después dedicaban las tardes a columpiarse; su padre les había construido un columpio con un mecate y una tabla en la rama del único árbol que había en el terreno.

Me gustaba espiar a la familia, escuchar el bullicio de los niños y la voz firme de su madre que los aplacaba mientras lavaba la ropa o los trastes en el fregadero que estaba junto a la puerta de entrada. En los días calurosos la familia se sentaba bajo el árbol, podía verlos gesticular. Imaginaba las anécdotas que contaban, y hasta suponía que a veces se decían que se amaban mucho.

Ocurrió una Navidad, el padre trajo un pino para sembrar. Lo vi cavar a unos metros de la casa mientras sus hijos entraban y salían llevando cajas pequeñas de cartón. Decoraron el árbol con esferas de colores y escarcha; hasta la noche descubrí que también tenía luces. En la Nochebuena rompían una piñata mientras escuchaban música a todo volumen. También había bengalas.

Un día la casa del terreno baldío quedó en silencio. Al principio pensé que la familia había salido de viaje, pero no fue así. Supuse que otra familia vendría a habitar la casa verde pero la puerta permaneció cerrada. Con el transcurso de los años la casa fue la que se mudó a pedazos: primero fue la puerta, luego los marcos de las ventanas, le siguieron las láminas del techo. Y paulatinamente los tabiques desaparecieron. Era como si un ejército de hormigas se hubieran llevado los muros de la edificación al confundirlos con terrones de azúcar.

Lo dicho, hoy el terreno baldío es un contenedor de basura. En tiempo de lluvias es casi tan verde como lo fue la casa, emana una combinación de hierba húmeda y putrefacción. En tiempo de sequía se incendia, entonces los bomberos llegan raudos a silenciarlo. El árbol que fue único creció torcido, tal vez por culpa del columbio: sus ramas reptaron, se hundieron y emergieron formando falsos árboles por doquier. El pino sigue ahí, inmenso; de adornarlo necesitaría muchas cajas de adornos y una gran escalera.

A ratos imagino que aquellos niños tienen ya sus propios niños, que adornan árboles en estas fechas, cortados o plantados. Quiero creer que recuerdan su casa verde de la infancia, el columpio improvisado, el fregadero exterior y el día que su papá plantó un árbol. Quiero creer que recuerdan a la niña que los espiaba por la ventana. Pues esa es la verdadera posesión, la de la cotidianeidad y sus objetos sencillos, las de las voces que sólo son un momento; todo lo que habita, fantasmagórico, en los terrenos baldíos de unos y otros.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Curaduría


1. De existir eligiría la profesión de visitador de museos. Elaboraría una lista de todos los museos del mundo, trazaría una ruta y pediría presupuesto a las autoridades pertinentes para cubrir el itinerario. Escribiría una bitácora, haría una maestría y un doctorado, y terminaría dando cátedra en las universidades de prestigio. Tal profesión existiría si tuviera alguna utilidad para la sociedad.

2. Desde niña me gustan los museos aunque ahora dudo sobre lo que de ellos me atrae. El fin último de la visita no es conocer lo que ahí se expone sino la posibilidad de entrar a las edificaciones de arquitectura diversa para caminar por los corredores, sin prisa, protegido de los elementos.

3. Sí, creo que me gustan los museos por el placer de admirar la composición: las salas inmensas o los laberintos, la iluminación indirecta, la tipografia de los letreros, las vitrinas limpias, los colores de las paredes, las texturas de las mamparas. Disfruto de la temperatura ambiente controlada, aunque me gusta más cuando hace un poco de frío: esa frontera entre la temperatura ideal y el tiritar. Camino dentro de los museos a veces con expectativas, pero casi siempre como un animal manso en espera de que algo lo sorprenda.

4. Desde niña me detengo a observar ciertas piezas. Quien crea que lo hago motivada por mi alto sentido de la apreciación, se equivoca. Sólo trato de grabar esa escena en mi memoria, pretendo poseer esa obra de arte para recreerla en los días venideros una y otra vez.

5. A veces temo sobre nuestra capacidad para detectar la belleza. Otras sobre si lo que he visto es realmente bello. Dentro de un museo la belleza, de alguna manera, está impuesta. Imagino una pieza de arte fuera de contexto: sobre mis manos, dentro del refrigerador, en la banqueta, sobre el cofre de un auto. Entonces me pregunto si ha perdido algo de su esencia lejos de los corredores, de las luces, de los letreros, del no tocar.

6. Suelo hacer cosas tan inútiles como la profesión inexistente de visitador de museos. Salgo a la calle y dedico un tiempo a imaginar que estoy en un museo. Camino lento y busco en los muros de las casas, cerca de las alcantarillas, en los rostros de los transeúntes, en los rines de los coches, o en la inmundicia de las banquetas alguna señal de los curadores invisibles. Busco la belleza prófuga de los cánones, la que olvidamos cómo detectar. Si la encuentro, la observo. Trato de grabar la imagen en mi memoria. Ocurre que alguna persona busca con su mirada lo que yo trato de poseer. Pero nada ve, pues no hay luces ni corredores ni letreros ni el no tocar. La persona sigue su camino. Yo sigo el mío, hasta la siguiente sala.

martes, 23 de noviembre de 2010

La piel dorada y otros animalitos (reloaded)


La primera edición de estos cuentos fue un homenaje a las erratas. La mayoría de los ejemplares se quedaron guardados. Me parece inútil imprimir una segunda edición; pero me hace sentir bien el tener en línea una edición "limpia":

La piel dorada y otros animalitos


Este es el adiós oficial al mundo de los cuentos.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Escritor/Escritora


Llegará el día en el que el género en las profesiones no tenga importancia, en el que el uso de la arroba no sea el guiño de la equidad. Pero ese día no ha llegado ni lo hará en corto. Lo que ha regido en siglos de civilización no se transformará en unas cuantas décadas. Son las reglas del juego.

Sí, llegará el día en que los roles no tengan género; en el que hombres y mujeres puedan elegir las actividades y los intereses que los hagan sentir plenos lejos de cánones impuestos. Pero mientras ese día llega resulta vital levantar la mano y señalar lo que ha de ser erradicado.

Hace unas semanas Gabriela Damián, escritora, escribió en su blog sobre el debate que siguió al artículo Extraños números de Fernando Escalante. Nada de lo que se dice en ambos artículos es novedad: escritores y escritoras, lectores y lectoras, lo sabemos. Sin embargo, como escritora, me complace descubrir que las estadísticas ocupan a algunos.

Observo que en mi agenda hay más nombres de escritores que de escritoras. Antes de creer que mis relaciones sociales padecen algún tipo de misoginia, reconozco que en ciertas profesiones el "ellos" posee la mayoría. He sido tallerista y sé que en los años venideros el porcentaje cambiará; siempre y cuando escritores y escritoras promovamos espacios para la creación y despertemos en las personas la urgencia por la lectura.

No creo que la literatura tenga género, resulta aberrante. Las letras de Yourcenar son más allá de que fueran escritas por una mujer; las letras de Faulkner son más alla de que fueran escritas por un hombre. Pero la palabra escrita sí tiene la capacidad de mostrar los géneros en un determinado contexto. Así lo hace Luis González de Alba en ¿Cuotas por género?. En su respuesta histérica a Escalante, González de Alba simpatiza con los clichés que debemos destruir. Quiero creer que su artículo era un ajuste de cuentas con Escalante (por motivos que los lectores desconocemos); pero le salió el tiro por la culata (me permito tomar un tono más "macho"). Si un miembro del Comité Editorial de la revista Nexos es capaz de escribir tal artículo, no es de extrañar que algunos sospechen que en la elección de articulistas "hay gato misógino encerrado"; y de que dudemos que Nexos sea una de las revistas de mayor prestigio intelectual en México.

El debate continúa, y continuará. Escalante respondió en Más sobre los extraños números, mientras que Alberto Chimal compartió su punto de vista en ¿El sexo de la escritura?

Como escritora, como escritor, creo que deberíamos ocuparnos de las letras; de lo que queremos crear con ellas, de lo que queremos comunicar con ellas, más allá de los brincoteos de la jauría. Si nos enfrascamos en competencias de animalitos en celo, la palabra escrita pierde su quinta esencia y se convierte en el reflejo detestable de lo que no hemos podido cambiar.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Altar y "perritos"


1. A veces temo que los días sólo sean el eco de otros. Que lo que hago se convierta en un acto reflejo cotidiano; que recuerde las mismas cosas a horas precisas del día, o relate la misma anécdota desgastada a las mismas personas con falsos rostros de sorpresa.

2. Hervir la calabaza, oler el piloncillo, colgar el papel picado, sacudir las calaveras, llenar el plato con sal, vertir el agua en los tarros diminutos, encender las veladoras. Monto mi altar. Ahora evito ver los rostros de las fotografías. Estoy cansada de ver hacia atrás.

3. No tuve tiempo de ir al mercado de Mixcoac; lástima, me gusta comprar esos panecillos miniatura que venden junto al puesto de las flores. Compré mis flores con el vendedor de las flores de diario. La culpa se alejó con la lluvia que cayó en la víspera de noviembre. Este día de muertos me ha canjeado pan por flores, miniatura por lluvia.

4. Encontré "perritos" como los que había en el jardín de mi abuela, y en muchos jardines de casas chilangas. Conocí esas flores por ella: son perritos, ladran. Todavía puedo ver su mano al arrancar una de las flores de aquel racimo, acercarla a mi cara mientras presionaba la base. La flor "ladraba".

5. Los "perritos" son Antirrhinum majus, también se les conoce como flor de dragón. Pero sé que mi infancia, en el jardín de mi abuela, no podía ser de dragones sino de ladridos y diminutivos, de cochinillas y de higueras que "enguichan".

6. Ya no me acordaba de los "perritos". Mis recuerdos aún me pueden sorprender, si es que algo o alguien les enciende una veladora para que encuentren el camino de regreso. El olvido es inevitable, pero la posibilidad de postergarlo es suficiente. Dejaré que los "perritos" ladren, sólo hoy.

domingo, 31 de octubre de 2010

sábado, 30 de octubre de 2010

Los versos de Miguel Hernández inundan la Red


Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de Miguel Hernández, poeta recordado en las Criptas al secundar la iniciativa de leer.es. Hagamos que la Red se inunde con sus versos.

Cancionero y romancero de ausencias
(fragmento)

Miguel Hernández, 1910-1942


[1]

Ropas con su olor,
paños con su aroma.
Se alejó en su cuerpo,
me dejó en sus ropas.
Luchas sin calor,
sábana de sombra.
Se ausentó en su cuerpo.
Se quedó en sus ropas.

[2]

Negros ojos negros.
El mundo se abría
sobre sus pestañas
de negras distancias.
Dorada mirada.
El mundo se cierra
sobre sus pestañas
lluviosas y negras.

[3]

No quiso ser.

No conoció el encuentro
del hombre y la mujer.
El amoroso vello
no pudo florecer.
Detuvo sus sentidos
negándose a saber
y descendieron diáfanos
ante el amanecer.
Vio turbio su mañana
y se quedó en su ayer.

No quiso ser.

[4]

Tus ojos parecen
agua removida.
¿Qué son?

Tus ojos parecen
el agua más turbia
de tu corazón.
¿Qué fueron? ¿Qué son?

[5]

En el fondo del hombre
agua removida.

En el agua más clara
quiero ver la vida.

En el fondo del hombre
agua removida.

En el agua más clara
sombra sin salida.

En el fondo del hombre
agua removida.

[6]

El cementerio está cerca
de donde tú y yo dormimos,
entre nopales azules;
pitas azules y niños
que gritan vívidamente
si un muerto nubla el camino.
De aquí al cementerio, todo
es azul, dorado, límpido.
Cuatro pasos, y los muertos.
Cuatro pasos, y los vivos.
Límpido, azul y dorado,
se hace allí remoto el hijo.

[7]

Sangre remota.
Remoto cuerpo,
dentro de todo:
dentro, muy dentro
de mis pasiones,
de mis deseos.

[8]

¿Qué quiere el viento de encono
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos, arrastrarnos.

Derribadas, arrastradas,
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.