viernes, 27 de agosto de 2010

Sincronicidad o ¡Chinga a tu puta madre!


Subo la escalera dando tumbos con las bolsas del supermercado. Recuerdo con saliva nostálgica la milanesa que comí la noche anterior. Tengo hambre. Lejos, en la memoria, están también las papas fritas y las voces de los amigos; y esa estúpida portada que me mostraron en la pantalla diminuta de un gadget que no logró disminuir en nada el absurdo de la foto. Abro la puerta, el teléfono suena frenético. Con los hijos revoloteando lejos de casa no puedo no contestar.

Corro, todavía con las bolsas, aún dando tumbos. La voz de una tipita me dice que hay un mensaje... La voz chillona, entrenada en el arte de la oratoria de pacotilla me dice que él también se preocupa por los hijos, por la salud, por la manga del muerto: ¡Chinga a tu puta madre! ¡Pendejo, a mí me valen madres tus hijos y tus festejos!

Silencio. Sólo tengo hambre. Es una infamia maldecir niños. Sólo es el hambre. Y el pinche miedo de que mis hijos anden revoloteando en esta ciudad, en este país.

Silencio. Pero sí: ¡Chinga a tu puta madre con tus discursos telefónicos! Creo que a mí me importan más tus hijos de lo que a ti, inepto, te pueden importar los nuestros.

Catarsis. Así es la sincronicidad. Me voy a preparar la cena...

jueves, 26 de agosto de 2010

Rubén Darío no llega a la Ciudad de México


Diversos países del mundo fueron invitados a disfrutar de las festividades organizadas con motivo del Centenario de la Independencia de México. Los gobiernos enviaron a sus representantes. Nicaragua elige a Rubén Darío quien viaja de Europa a La Habana, para de ahí transportarse al Puerto de Veracruz. Semanas antes el gobierno nicaragüense que le había asignado la misión diplomática había sido derrocado. Rubén Darío nunca llegaría a la Ciudad de México para unirse a los festejos del Centenario. He aquí su testimonio:


Resumiré. Al llegar a Veracruz, el introductor de diplomáticos, señor Nervo, me comunicaba que sería recibido oficialmente, a causa de los recientes acontecimientos, pero que el gobierno mexicano me declaraba huésped de honor de la nación. Al mismo tiempo se me dijo que no fuese a la capital, y que esperase la llegada de un enviado del ministerio de Instrucción Pública. Entretanto, una gran muchedumbre de veracruzanos, en la bahía, en barcos empavesados y por las calles de la población, daban vivas a Rubén Darío y a Nicaragua, y mueras a los Estados Unidos. El enviado del Ministerio de Instrucción Pública llegó, con una carta del ministro, mi buen amigo, don Justo Sierra, en que en nombre del presidente de la República y de mis amigos del gabinete, me rogaban que pospusiese mi viaje a la capital. Y me ocurría algo bizantino. El gobernador civil, me decía que podía permanecer en territorio mexicano unos cuantos días, esperando qué partiese la delegación de los Estados Unidos para su país, y que entonces yo podría ir a la capital; y el gobernador militar, a quien yo tenía mis razones para creer más, me daba a entender que aprobaba la idea más de retornar en el mismo vapor para la Habana... Hice esto último. Pero antes, visité la ciudad de Jalapa, que generosamente me recibió en triunfo. Y el pueblo de Teccelo, donde las niñas criollas e indígenas, regaban flores y decían ingenuas y compensadoras salutaciones. Hubo vítores y músicas. La municipalidad dio mi nombre a la mejor calle. Yo guardo, en lo preferido de mis recuerdos afectuosos, el nombre de ese pueblo querido. Cuando partía en el tren, una indita me ofreció un ramo de lirios, y un puro azteca: «Señor, yo no tengo que ofrecerle más que esto»; y me dio una gran piña perfumada y dorada. En Veracruz se celebró en mi honor una velada, en donde hablaron fogosos oradores y se cantaron himnos. Y mientras esto sucedía, en la capital, al saber que no se me dejaba llegar a la gran ciudad, los estudiantes en masa, e hirviente suma de pueblo, recorrían las calles en manifestación imponente contra los Estados Unidos. Por la primera vez, después de treinta y tres años de dominio absoluto, se apedreó la casa del viejo cesáreo que había imperado. Y allí se vio, se puede decir, el primer relámpago de una revolución que trajera el destronamiento. (La vida de Rubén Darío, escrita por él mismo, LXV, Fragmento).

lunes, 16 de agosto de 2010

Un sueño dentro de un sueño


Un sueño dentro de un sueño:

la poética de Edgar Allan Poe*

Erika Mergruen

Sueño primero: la traducción

Según Frédéric Gaussen, el sueño es el símbolo de la aventura individual, alojado tan profundamente en la intimidad de la conciencia que escapa a su propio creador. El sueño se nos presenta como la expresión más secreta y más impúdica de nosotros mismos. Imagino a la poesía como el conjunto de sueños de todos los poetas que han vivido, que viven y vivirán. Imagino al lector de poesía como aquel que se aventura a soñar el sueño de otro. Pero dentro de mis imaginerías están aquéllos que no sólo se limitan a soñarlo sino que se convierten en buscadores de sueños inaccesibles para el idioma de tal o cual soñador. Hablo de los traductores, los que añoran descubrir sueños nuevos, los que han de interpretar el sueño en un idioma para comunicarlo en su propia lengua; a veces como un acto egoista, otras más para compartirlo con su sociedad.

Se dice que no existe una justa interpretación de los sueños, a pesar de que la oniromancia se ha practicado en todas partes y en todas las épocas. Cualquiera puede extraviarse en el laberinto de símbolos que posee un sueño. El traductor lo sabe, lo reconoce y aun así se atreve a interpretar lo que otros sueñan.

En el caso particular de la poesía, el traductor debe determinar qué es lo que puede rescatar y qué será imposible de interpretar: el ritmo, la rima, el sentido, la musicalidad, la estructura.

El traductor de la poesía de Edgar Allan Poe descubrirá, con tristeza, que la musicalidad del inglés jamás podrá interpretarse en nuestra lengua romance, el castellano. El tintineo de la palabra Bells jamás encontrará la aleación exacta en nuestras sonoras “campanas”, pero tal vez Bells repiquetea más como nuestro “cascabeles” o el entrañable diminutivo “campanitas”. En la traducción las consonantes serán torpes, las eles y las eses cambiaran su color. El traductor nos ofrecerá un sueño dentro de un sueño, pero este es el único camino para intentar acariciar la voz del autor de “El cuervo”.

He escuchado comentarios sobre los ripios de los versos de Poe, sobre su sintaxis enmarañada y su vocabulario anquilosado. Estos comentarios inútiles han olvidado que lo que leen es la imposibilidad, que sólo queda arrebatar la esencia que el traductor ha logrado exprimir con su dedicación, con su amorosa necedad. Sí, se antojaría que cada libro de poemas traducidos se hiciera acompañar por un cedé que guardara el sonido de los versos en su idioma original. Se antojaría escuchar a Celan en alemán, a Pessoa en portugués y a Baudelaire en francés. Y sí, se antojaría leer en voz baja, cito, “con las campanas, campanas, campanas” mientras se escuchara un “of the bells, bells, bells” en el reproductor. Pero esto sólo es un sueño dentro de un sueño, porque no existe una editorial, o todas, decidiendo que esto sería un éxito comercial, que esta idea cubriría los costos de imprimir un libro, ya de por sí inútil, como lo es uno de poesía. Nos queda soñar dentro de la interpretación del traductor. Nos queda soñar en nuestro idioma el sueño de otras lenguas, hasta que lo útil deje de ser la prioridad y lo sea lo que es necesario: la poesía.

Sueño segundo: la dualidad del cuervo

Todavía hoy, a 200 años de su nacimiento, la leyenda negra de Edgar Allan Poe sigue vigente. Para muchos, el poeta es aquel alcohólico que narró su delium tremens, es aquel opiómano que transformó sus alucinaciones en cuentos, es el espíritu frágil que cantó a la muerte de la amada una y otra vez. En sus días, sus detractores intentaron empañar su imagen, y en cierta medida lo lograron. Pero basta abrir las páginas de su obra completa para descubrir la voz que trasciende.

El cuervo no es sólo su icono, sino la alegoría de su historia. Al igual que esta ave, Poe ha sido presa del cliché. La simbología del cuervo encierra todas la contradicciones. Por un lado es el ave agorera que anuncia la muerte y la desgracia. Es el mensajero de los dioses dotado de magia adivinatoria. Pero es también el héroe civilizador, el visionario y el profeta: es el ave solar que protege. Su sino aciago seguramente proviene de su color que se asocia con la noche, con lo oculto, con el inconsciente. Curiosamente, fueron las primeras civilizaciones las que lo dotaron de luz, pero hoy domina su simbología oscura.

Aquel que cruza el umbral es maldito, porque el que osa tocar la divinidad ha de ser rechazado por el resto de los mortales. Poe es el cuervo de muchos cuentos, de muchos versos, pero con la plenitud de su simbología. Es la voz poética que observa su entorno y que decide cruzar los umbrales estéticos, los umbrales temáticos, los espirituales y los terrenos. Es el ave que cruza el firmamento, que desciende al thanatos y asciende al eros. Es el ave poseedora de un punto de vista inmenso. Poe es el visionario y el profeta de las letras, es la voz que intuye lo que no se veía entonces o lo que aún hoy no se ha descubierto.

Sueño tercero: la poética del umbral

La palabra umbral significa paso primero y principal o entrada de cualquier cosa. Su significación esotérica señala el paso entre lo exterior y lo interior, lo profano y lo sagrado. Así contiene tanto la posibilidad de la alianza para el que lo cruza, como también la de la separación, para el que se queda al margen. La poética del umbral se manifiesta en toda la obra de Poe. La voz poética y los narradores de su prosa cruzan diversos umbrales. Transitan entre la vida y la muerte, entre el amor y la desolación, entre la naturaleza y las nacientes urbes, entre la realidad y la imaginación.

Estas transiciones develan nuevos estados o nuevos mundos. Así, el lector logra asir lo sobrenatural, la alienación, la impermanencia, la incertidumbre y la fragilidad latente en el universo todo.

A veces somos compañeros de viaje de la voz poética, para también ser descubridores de fantásticas geografías, como ocurre en “El país de los sueños”:

(...)
ha poco que a estas tierras he llegado
desde una sombría última Thule,
desde un clima extraño y fantasmal que se halla, sublime,
fuera del espacio, fuera del tiempo.

Otras veces nos adentraremos al territorio de la Muerte, como ocurre en “La ciudad del mar”:

Allí templos y palacios y torres
(¡torres devoradas por el tiempo, que no tiemblan!)
no se asemejan a nada que sea nuestro.

O tal vez nos asomaremos por las ventanas de “El palacio encantado”:

Y ahora los viajeros en aquel valle ven
por las ventanas de rojo iluminadas
vastas formas que se mueven fantásticamente
al ritmo de una discordante melodía...

El cruce de los umbrales es siempre sutil. Para cuando cobramos conciencia sobre los sombríos paisajes, las aguas quietas, las lunas varias o los serés fantásticos que acechan hemos recorrido ya camino guiados por una psique que no es la nuestra.

Sueño cuarto: el amor más allá de la muerte

En la sentencia del soneto de Quevedo, el amor se tranforma en polvo, mas polvo enamorado. La muerte no pulveriza el amor en los poemas de Edgar Allan Poe, sino que lo licuidifica. El amor se transforma en lo que Bachelard nombró como las aguas profundas de Poe.

Tras la muerte de la amada, la voz poética tendrá momentos de consuelo como ocurre en el poema “Lenora”, donde su espíritu:

...se arranca;
del infierno a un alto estado en el cielo;
del lamento y el gemido a un trono de oro junto al rey del cielo...

Al lado de Irene, la del poema “La durmiente”, la voz poética sublimará la muerte en belleza:

¡Oh, tú, dama gentil! ¿no tienes miedo?
¿Por qué y con qué estás ahora soñando?
¡Sin duda habrás venido desde mares distantes,
una rareza para los árboles de este jardín!
¡Extraña es tu palidez, extraño tu vestido!
¡Extraños, sobre todo, la longitud de tu cabello
y este silencio tan solemne!

Pero están los poemas donde la voz poética desciende hasta llevar su amor por la amada muerta a la alienación total. Este mundo de locura es el gran legado del autor, más evidente en su narrativa pero más sublime en su poesía. La escision de la mente proviene del hombre mismo y ya no de factores externos. El yo consciente y el incosciente se desdoblan. La alegoría más hermosa de este desequilibrio es el poema Ulalume. La más musical cobra vida en las letras ele de “Anabelle Lee”. Pero la más desoladora grazna en el nevermore de “El Cuervo”.

En “Ulalume” el bloqueo del recuerdo no es la sanación, sino un sueño sombrío:

Los cielos estaban cenicientos y apagados;
las hojas estaban quebradizas y resecas,
las hojas estaban marchitas y resecas...

El olvido de la amada es la atrocidad. La ausencia, disfrazada por un momento de esperanza y belleza, nos acerca a los valles sombríos que parecían ajenos, hasta que los muestra familiares, íntimos:

Entonces se tornó mi corazón ceniciento y apagado
como las hojas que estaban quebradizas y resecas,
como las hojas que estaban marchitas y resecas...

Pero están las voces poéticas que jamás logran olvidar. De la comunión del amor y la muerte nace la obsesión. “Anabelle Lee” es el canto de la desesperación velada, de la locura que lleva al amante a dormir noche tras noche en el sepulcro de su amada, deseando acaso la muerte o respirando la de ella. Sólo un amor que es más que amor puede llevarnos a este estado:

Era una niña y yo era un niño,
en aquel reino junto al mar,
pero amábamos con un amor que era más que amor,
yo y mi Anabelle Lee;
con un amor que los alados serafines del cielo
nos envidiaban a ella y a mí.

En “El cuervo” no encontraremos a la amada que se eleva a los cielos como la Lenora original, no admiraremos la belleza de la muerta durmiente, ni siquiera encontraremos el sepulcro que acuna el pesar. Sólo está la desesperanza, fría como el mármol de la estatua de Palas, fría como las lunas blancas de Poe. La amada se ha ido y no hay umbral que ofrezca el reencuentro. Es la nada, es la muerte muerta, es la pérdida absoluta de la belleza porque el “nunca más” del cuervo diluye la posibilidad, pero también el recuerdo. Aquí el umbral está en otra historia, se encuentra entre la razón y la demencia. Del lado de la razón se encuentra la voz poética, del lado de la demencia el ave y su voz imaginaria. Y cuando la puerta se abre: había oscuridad y nada más.

Sueño quinto: la muerte versus el tiempo

En la obra de Poe, pareciera que la vida y la muerte cohabitan en el mismo espacio. Si bien sentimos el poder destructor de la muerte, de “El Gusano Conquistador”, también encontramos a la “muerte viva”, aquella que le roba la belleza y el amor al paso del tiempo. La belleza no perdura, es el tiempo quien se encarga de diluirla. Y el enamoramiento sólo es un momento que se desgaja con el paso de los días.

Pero la muerte, sabedora del arte del embalsamamiento, los preserva; no en el mundo terreno mas en el recuerdo de quien ha admirado la belleza y ha sentido el amor. Y es así que el poeta puede evocar ambos, en sueños, aunque el tiempo siga su devastador recorrido:

(...)
¡sueños!, en su vívida imitación de la vida,
igual que en esa fugaz, vaga y nebulosa lucha
de la apariencia con la realidad que se acerca
a los ojos que deliran más cosas bellas
de paraíso y amor, ¡y todas nuestras!

Sueño final: la última Thule

La última Thule, la de los días sin fin en el solsticio del verano, la de las noches sin fin en el solsticio de invierno, es la isla que representa el límite septentrional de este mundo, más alla del cual hay otro mundo al que los humanos no tienen acceso.

La última Thule simboliza el deseo y la conciencia de lo extremo en lo que por naturaleza es limitado.

Es ahí, en el límite del mundo, donde Poe descubre sus mundos estéticos, retóricos y temáticos. Es de ahí de donde Poe llega a innovar la palabra escrita. Afirmo que el poeta no es el escritor de las vigilias del opio y el alcohol. No es la voz de un alma endeble. Él es el hacedor de sueños, el que manipula lo que la luz de la luna devela, pero también adereza la belleza que resplandece bajo la luz solar.

La voz del poeta se despeña, bajo la figura del cuervo aciago, hacia la muerte, la vida, la pasión, la alegría, la tristeza. Se hunde en los más profundo para robar el secreto de los dioses y entonces remontar el vuelo bajo la forma del cuervo solar, el mismo espíritu cuyo corazón posee las cuerdas de un laúd:

nadie canta tan extremadamente bien
como el ángel Israfel,
y las volubles estrellas (así cuenta la leyenda)
cesando sus himnos, atienden al sortilegio
de su voz, mudas todas.

Queda a cada quién soñar los sueños de Edgar Allan Poe, los de su poesía y los de su narrativa. Y cada quién señalará la ubicación de su Thule personal:

Guarda silencio en esa soledad
que no es aislamiento, pues entonces
espíritus de muertos que estuvieron
en vida antes que tú, vuelven a estar
en muerte en torno a ti, y su voluntad
te va a eclipsar: tú, quédate tranquilo.

* Publicado en la revista Parteaguas, enero 2010.

lunes, 9 de agosto de 2010

El iluminador

1
Así como sueño conocer San Petesburgo, sueño con conocer el medioevo. Claro que viajaría en el tiempo con algunos "ajustes". Iría al pasado como hombre, como mujer resultaría imprudente. Aunque me provoca la idea de ser señor feudal la verdad es que elegiría un monasterio para dedicarme a la iluminación. Así entre rezos y tareas cotidianas dedicaría horas en el scriptum para iluminar las ediciones por encargo.
Con claridad veo las vetas de mi mesa de madera, mis pinceles y los recipientes guardianes de los disolventes y los pigmentos.
Escribiría el texto con maestría, trazaría el marco, las florituras y la inicial. Iluminaría entonces el folio con minio, cinabrio, añil, ocre, azafrán... y sólo realizaría obras sagradas por el placer de emplear el oro de caracola.
Tras años en el oficio, años de plomo y arsénico, tal vez enloquecería. Entonces vería a los ángeles y al cristo crucificado revolotear en mi cuarto; o al demonio y sus tentaciones reptar por el piso. Abrazaría a los emisarios del cielo con mis estigmas; ahuyentaría a las bestias del infierno con el silicio. Pero nada evitaría que cada mañana me sentara frente a mi mesa para iluminar los libros, los mismos que serían exhibidos en los atriles de los privilegiados: monarcas, señores, eminencias.

2
Tal vez nunca iré a San Petesburgo. Y en el medioevo, con suerte, hubiera sido la esposa de un panadero. Seguro habría muerto de parto o de peste. Jamás hubiera leído un libro como la mayoría de los mortales en aquella época. Todavía peor, habría sido analfabeta -como muchos de los señores feudales. La ignorancia era un democracia. Leer era privilegio del clero; perdón, sólo del alto clero.
Hoy tendría que alegrarme que los incunables cedieran su lugar a los folios de la imprenta. Sin importar cuáles fueron las motivaciones verdaderas de Gutenberg, la industralización del libro cambió la historia. Quiero creer que los iluminadores también se alegraron en su momento, imaginando que la civilización toda tendría acceso a lo que sus ojos tuvieron. Ofrendaron, entre estigmas y silicios, su oficio en favor de la democratización del libro.
"Libros para todos" sería un buen eslogan, pero como tal posee oscuros resquicios. El libro no es la panacea universal, ni siquiera un disfrute cuando se usa como fuente de manipulación, de persecución, de demagogias, de especulación. Leer un libro o dos, o una biblioteca completa, no cura la mezquindad. La distancia entre ser lector y ser aprendiz es el abismo.

3
Nunca iré a San Petesburgo, pero lo he visitado en mi lecturas; y ahora en la red. También en la red he hojeado los libros iluminados que desearía haber hecho; he descubierto bibliotecas, proyectos de difusión, facsímiles, reproducciones, traducciones, textos interactivos. Y a ratos siento que el "Libros para todos" no es sólo un eslogan.
La red, como otras cosas en la vida real, son una pompa de jabón: tornasoleada, volátil, hermosa pero frágil. Cuando revienta, la realidad nos escupe a la cara.
La democratización del libro, de cualquier cosa, es una utopía. En México el 70 por ciento de la población no tiene acceso cotidiano a la red. El otro 30 por ciento, me incluyo, creemos ser el 100 por ciento. Desconozco los porcentajes del primer mundo y no quiero conocer los del cuarto o quinto mundo.
Aún más, en los últimos días este 30 por ciento intercambia puntos de vista sobre el iPad, si bien sólo un puñado podrá adquirir el mentado artilugio (aquí no me incluyo).
Cada quien puede hacer lo que quiera con su cartera; pero lo lamentable es que no todos pueden elegir qué hacer con una cartera vacía: el 50 por ciento de la población vive con un salario mínimo (1,600 pesos mensuales, sí, para todo un mes, en promedio). No encuentro la manera de cuadrar este poder adquisitivo con la tecnología que, en teoría, ofrece en bandeja de oro todo el conocimiento.

4
Conocer San Petesburgo no importa, sino la posibilidad de soñar que puedo conocerlo. Otros sueños se apagan, y cada día me cuesta más trabajo encenderlos, me cansa jugar al ave fénix.
Acaso en un futuro my lejano la red, el iPad, los libros electrónicos y demás avances de la palabra escrita estén a la disposición de cualquier par de ojos. Nuevas generaciones de iluminadores tendrán que extinguirse. Pero hoy no es posible. En algunos lugares los libros no son para todos, mas yacen en los atriles de los privilegiados: monarcas, señores, eminencias.
Escucharé las mismas frases hasta el cansancio: hay pobres, hay ricos, es la naturaleza humana, no esperes más nada, blah, blah, blah. Cuando me haya cansado lo suficiente dejaré de soñar en San Petesburgo; y seré señor feudal, allá, en el medioevo. Pero hoy no.

lunes, 2 de agosto de 2010

Agosto




AGOSTO
Federico García Lorca (1898 - 1936)

Agosto.
Contraponientes
de melocotón y azúcar,
y el sol dentro de la tarde,
como el hueso en una fruta.

La panocha guarda intacta
su risa amarilla y dura.

Agosto.
Los niños comen
pan moreno y rica luna.

martes, 27 de julio de 2010

Blog vs FB vs TT


Tras escribir un comentario, sobre el hecho de que uno siempre está solo, alguien contestó que con FB era imposible. Quiero creer que la respuesta fue una broma. De ser cierto, cerraría todas mis cuentas.

I
Uno siempre está solo. Es entonces, al aprehender este estado, que uno se asombra con todo lo que existe en el exterior. Las redes sociales son sólo ventanas diversas para contemplar un detalle de lo que está allá afuera. Estas ventanas son la proyección virtual de lo que somos y hacemos en la vida real, y de lo que desearíamos ser y hacer. Como cualquier ventana, las ventanas virtuales poseen límites lo que nos provoca la sensación de control casi absoluto; porque basta apagar la computadora, ausentarse unos días o borrar la cuenta para que un "paisaje" deje de existir. En la vida real los botones no son tan accesibles.

Desde la aparición de los blogs, los profetas de la comunicación surgen de debajo de las piedras. Los cánones y las recetas se escriben en serie. Los usuarios las leen con fruición. Así se ocupan del raiting, del número de seguidores o de consolidar una "multitud" de amigos. Se antojan pequeños depredadores de la comunicación, ávidos de popularidad virtual. Se alteran si alguien deja de ser su lector, si aquel los bloquea o no han sido incluidos en la lista de tal o cual. Al final, el comunicar, no es su objetivo; como ocurre en la vida real. Aquí las ventanas son espejos, son las más. Uno puede aprender del reflejo o contemplarlo a perpetuidad.

Están los usuarios que se mantienen al margen del "éxito" y crean círculos íntimos para contar su cotidianidad en un par de líneas, en entradas de blog o en un álbum de fotos; estos son mis favoritos. En las recomendaciones de un vídeo de música, de una animación o en un muestrario de letras, se crea una reunión de personas que poseen la misma tonalidad.

Atrás siguen los lúdicos que se pierden en las salas de juegos urgidos de nuevos contactos para crear granjas, restaurantes, imperios, mafias o convertir a todos en vampiros. Me uno a ellos, aunque lo mío son los juegos tipo "casa de muñecas". No me importa exhibir mi ocio, mi puerilidad me mantiene cuerda.

II
Blog vs FB vs TT, no hay mejor, no hay peor. Son diferentes. La moda es pasajera. Uno conserva las ventanas que le permiten ver, observar y decir.

No imagino mi vida virtual sin un blog, aunque mi dedicación aumente o disminuya según los meses, según los años, según la vida. Disfruto la informalidad de FB, es mi patio de recreos y un lugar de reencuentros. En cuanto a TT me quedo con el asombro de explorar el misterio de la brevedad o fluir en el vértigo de lo citadino en un TL.

Las redes no lo hacen a uno. Pero si esto ocurre sólo es el reflejo de la disfuncionalidad propia en la vida real. La red toma forma con lo que intentamos comunicar y con las respuestas de nuestros posibles lectores. Yo elijo qué decir en mi blog, quién juega conmigo en FB y el color de los 140 caracteres de mi TL. En estas proyecciones de mí misma, como en el mundo real, procuro cerrar las ventanas ante la estupidez y la mezquindad. Y recuerdo que uno está sólo y uno es más allá de la red.

lunes, 19 de julio de 2010

La mano en la tele de bulbos


Hace un par de semanas, en algún lugar de la red, vi la caricatura de una mano zombie. Entonces recordé una película que me causó oscura fascinación cuando era niña.

En lo que yo supongo era el canal 4, y como preámbulo de la programación habitual, se podían ver películas en blanco y negro. La de "la mano", la disfruté en la televisión de bulbos de casa de mi abuela. Creo que la transmitían con regularidad porque ella me avisó, más de una vez, que la presencia de "la mano" era inminente.

No recordaba el nombre de la película y menos del actor. Recurrí a Alberto quien posee una memoria cinematográfica privilegiada. Me bastó decirle que el actor tenía ojos de sapo y que aparecía en otras películas de terror para que me respondiera: es Peter Lorre.

La red nos dio otras respuestas, incluida la posibilidad del encore. The beast with five fingers (1946) está basada en un cuento, del mismo nombre, de W. F. Harvey. Semanas atrás, había descubierto al autor -y aquí asoman los cinco dedos de la coincidencia- en el sitio de Alberto.

Pueden seguir el recorrido de la mano aquí para descargarla. No necesitan una televisión de bulbos, pero les regalo mi recuerdo de la sala de la abuela: un salón lóbrego, con piso de duela, cargado de muebles de madera oscura, labrados, que creía parte de la tramoya de la mentada película; siempre custodiados por un Confucio de cerámica, más semejante a un duende, todo descolorido (como la peli).

También pueden leer el cuento por acá, en inglés (no encuentro una traducción en línea). Luego pueden dedicar los días a sospechar que la bestia está agazapada en cualquier rincón.

miércoles, 14 de julio de 2010

La venganza será de felpa


Todavía hoy quisiera saber a qué saben los pastelitos que Máshenka horneó en la casa del oso. También quisiera ver una isba con patas girando en alguno de los cuentos rusos. Pero aún tengo la duda sobre el final del primer cuento. Creo que el oso se sentía solo, y más que una esclava eficiente necesitaba algo de compañía. Porque ¿cómo pudo caer en la trampa que le tendió la niña si en realidad era un tratante de esclavos?

Decir que era un tratante es falso, jamás obtuvo ningún beneficio económico de la niña; sólo la certeza de que alguien lo esperaba en casa tras su jornada. Será que el corazón del oso, en el fondo, era tan suave y dulce, como imagino serían los pastelitos que horneó la niña. Era un oso que vivía en un bosque, lejos de las terapias grupales o de las sentencias de Freud; no supo comunicar sus necesidades.

Todavía hoy creo que el oso salvó a la niña quien no hubiera sobrevivido, sola, una noche en el bosque; pues sé que no todas las fieras hablan, viven en una choza y comen frituras.

Todavía hoy no quiero entender la moraleja de Máshenka, y menos aún la del oso con la pata de palo. Es un cuento breve que he releído hasta el cansancio. Desde niña, no he olvidado la melodía que compuse para la canción del oso. Es una lástima que los blogs sean silentes, podría tararearla para todos. Cada uno tendrá que componer la propia.

La tristeza del cric-cric-cric siempre nubló el sermón del "no robarás", minimizó el estigma del vengativo; pero mostraba la cobardía de aquellos viejos, los verdaderos depredadores de la historia.

En mi balanza de niña, la pata del oso me parecía más valiosa que los nabos del huerto. Y hubiese sacrificado a los ancianos con tal de oir la canción del oso durante unas páginas más. Enfin, no quiero entender.

Y así ocurre con ciertos cuentos y fábulas de la infancia. Uno no entiende, no quiere entender. Es una rebelión inútil. Es el anuncio de que lo que es justo e injusto es tan frágil como el papel de un libro viejo. Pero sucede que descubrimos que otros, un autor desconocido, han estado en lo mismo (o eso quiero creer). Sin preámbulo encontré, gracias a Jesús DeLeón-Serratos, la imagen precisa del final que mi infancia deseo. Todavía hoy lo deseo. Cric-cric-cric:

jueves, 8 de julio de 2010

Tras el vidrio

En vano he esperado que los otros se arrodillen en mi cornisa y toquen el cristal de la ventana para dejarlos entrar. Me he equivocado al pensar que son los otros los que estan afuera. Yo habito en un exterior de cuatro muros, con su cielo de tirol y sus lagos coladeras.

Así, me arrodillo en la ventana y toco el vidrio. Nadie abre. No puedo entrar afuera. Y todos los mundos que he imaginado escurren allá adentro. Unos serpentean en el tronco del árbol, aquellos crean mares al pie de los setos. Sé que los gorriones no huyen de la lluvia sino de los rostros verdaderos de los otros. Lo sé porque observo sus máscaras mitológicas reposar sobre las nubes.

Me arrodillo y busco una oración. Pero sólo recuerdo las rondas de la infancia. Rezo. Toco el vidrio. Y espero que los otros lleguen en cualquier momento y me inviten a entrar al infinito.

(Ilustración de nicoletta ceccoli)

viernes, 2 de julio de 2010

Este verano será Yin

Contrario a la creencia popular, a los habitantes de las criptas nos gustan los ositos de felpa. Si lo piensa no resulta del todo absurdo. Así como están los claroscuros, los contrastes en las texturas provocan el asombro.

Aquí en las criptas todo es sonrisa descarnada. No niego que las calaveras me provocan alegría. Aun mi fiel mayordomo, Roderico, me da energía (más semejante a una patada en el culo, pero movimiento al fin). Pero hasta yo me canso de astillarme las manos en los osarios y de titiritar con la humedad que late en el musgo.

Los esqueletos que colecciono son mi Yang. Los ositos de felpa, mi Yin. Hace años que exhibo a estos últimos, sin tapujos. Sin esconder mi innata cursilería. Soy huesos, soy felpa, Yin-Yang.

Este verano será Yin. Le he pedido a los durmientes que confeccionen un inmenso oso de felpa. Voy a vivir ahí.

La fragilidad me urge a esconderme dentro de una barriga mullida. Y no sé, acaso logre encontrar nuevos hilos para la trama y la urdimbre de mis historias. Tendría nuevos vecinos: diminutos ácaros tomarían el café conmigo (en la cripta los desdentados sólo beben polvo). O tal vez todas mis imaginerías serían las de una muñeca de porcelana en su nicho, o las de un tostador en su embalaje. Ya no hablaría de putrefacción ni de los dientes de Berenice, no más cuencas vacías, no más rechinidos de dientes. Dentro de mi gran oso de felpa todo sería sabor pan con mantequilla y hojuelas de piel muerta que los ácaros mastican. Si me diera sueño podría dormir en cualquier sitio: la pata izquierda, la garra derecha, los sesos de borla. Si me aburriera podría escalar a la cabeza y asomarme por los ojos de resina, para aprehender la mirada estoica de los ositos de felpa. Este verano será Yin. Sea.

jueves, 24 de junio de 2010

Palomitas de San Juan

Hace muchos años, por estas fechas, las vi por primera vez. Eso creo, la infancia no posee los mismos puntos de referencia en lo que a tiempo se refiere. Pero su nombre y el origen del mismo me permiten la afirmación.
Ahí estaban aquellos insectos alados, semejantes a astillas de vidrio verdiazul. Parecían los arcángeles que han de revolotear en el cielo de las hormigas. Mi abuela me dijo que eran palomitas de San Juan, que sólo aparecían cuando se celebraba al santo; y luego desaparecían, dejando como única prueba de su paso un reguero de alas quebradizas.

En el transcurso de los años he visto palomitas, pero nunca en enjambres como ocurría en casa de mi abuela. En ocasiones han entrado a mi estudio, tal vez porque la ventana está abierta y en dirección a un árbol. O tal vez porque las envía mi abuela desde el más allá.

Odio a los insectos. Los aniquilo. Pero los que son guardianes de mis recuerdos de infancia entran y salen, inmaculados, en esta casa. Ahora, la transparencia de las palomitas de San Juan semeja más a los fantasmas de todos los que se han ido. Los seres piadosos, mágicos, se fueron con la infancia.

Tras varias semanas de malestar, análisis, dudas y tratamientos, hoy es el primer día que siento que mi alma regresó a mi cuerpo (o bien mi cuerpo se aferró a mi alma). La enfermedad es la madre de todos los ocios y de todos los infiernos. Hace unos días recordé a las palomitas, a mi abuela y a la casa de la higuera. Recordé todo aquello que dejó de existir, como si abrazara lo inevitable. Entonces busqué respuestas y no sólo cuentos. El miedo urge a la "realidad".

Las palomitas de San Juan son termitas reproductoras que, en tiempo de lluvias, salen y vuelan en busca de nuevos territorios para inicar un nuevo nido. Con la información anterior, presentí que aquellos enjambres de la infancia provenían de los pisos de duela de la casa y de los muebles labrados que ahí meditaban. Y aun del interior de la higuera que no palpitaba frutos dulces sino infestación.

Miré mi presente. Temí por mis muebles y por mi piso de madera, temí por mis libreros y la celulosa que guarda tantas letras.

Las lluvias han regresado y San Juan observa. El misterio de la materia se esconde en las alas de las termitas. Como uno, como todos y como todo, vuelan sólo un momento. La fragilidad de las historias es verdiazul en la temporada de lluvias.


(nota: la ilustración es un cuadro de Craig LaRotonda, pintor sublime, he aquí su sitio)

miércoles, 23 de junio de 2010

De letras escarlatas


Así ocurre en las diversas redes sociales, hay temas que están "in": La muerte de tal o cual, el partido del Mundial, el derrame de petróleo, la frase estúpida de una celebridad y lo que ocurra en las próximas horas. Imagino las redes sociales como casas de bolsa donde los corredores se amontonan y con gran griterío inician la compra y venta de "quiero atención por un día".

Durante la jornada uno lee de todo. Existen opiniones encontradas, enlaces, complicidades y uno que otro insulto. No puedo estar de acuerdo en todo, tampoco me interesan todos los temas. Pero disfruto la variedad, ese recordatorio de que mi universo personal sólo es uno entre muchos.

Sin embargo, en esta lluvia de caracteres se filtran pequeñas letras rojas. Los dejos de intolerencia se transforman en verdaderos muros de pixeles. Quiero creer que esto es el resultado del camino fácil y no de las convicciones.

Porque sí, es más fácil conseguir seguidores por decir estupideces y por escupir provocaciones. Es más fácil cautivar lectores con gritos racistas, con palabras como verga y ano y puto.

Todos los usuarios, en mayor o menor grado, son comunicadores. No apruebo la censura, pero me parece urgente un llamado a la responsabilidad. Como ser reactivo, entiendo los exabruptos. Pero me horroriza el que algunos crucen la delgada línea de la sensatez.

Ayer, en algún lugar de la red, alguien azuzaba a los chilangos a agredir a los argentinos residentes de la Ciudad de México. La razón: un partido de fútbol que no se ha llevado a cabo. Como era de esperarse, el comentario causó gran revuelo. Si lo que dijo fue un exabrupto, jamás se retractó. Por el contrario, se aplicó en el insulto barato. Tal vez la situación sólo fue una válvula de escape para las frustaciones y complejos de este hombre pequeño. O tal vez la situación fue su oportunidad de disfrutar de cinco minutos de fama.

Me desconcierta el ego retorcido del protagonista, pero más me ocupa el número de seguidores que apoyaron su postura. Me pregunto si los actores de esta obra tenían consciencia de la puerta que sus palabras podrían abrir. La misma puerta que la historia ha abierto y cerrado una y otra vez, esa, la del horror mismo.

No puedo detener la lluvia de letras escarlatas. Pero como ocurre en la novela de Hawthorne, las letras escarlatas nos señalan no el escarnio sino lo que ha de ser defendido.

viernes, 18 de junio de 2010

Los sueños del lirón

En el principio todos fuímos Alicia. Dedicamos parte de nuestra travesía a exhibir nuestro asombro, aprehender los cánones y reconocer el grupo al que pertenecemos. Entonces abrimos los ojos y abandonamos el País de las Maravillas para realizar distintas labores y cumplir destinos.

Algunos decidimos quedarnos en los subterráneos. No por privilegio o por iniciación. No hay ningún tipo de superioridad en esto. Simplemente decidimos, como se decide si se quiere un helado de vainilla o una nieve de limón.

Y aquí estamos, en espera del siguiente guión. Los más eligen un papel determinado. Los menos tratan de probar todos. Aunque lo último no es cosa fácil, pero sí la prueba de nuestra indecisión.

Jamás he sido el conejo blanco, me falta don de mando. Y mi dispersión y apatía natural me impedirían correr de un lado a otro con el reloj. He sido la oruga pero jamás llego a la transformación. Si el libreto me envía a tomar el té sólo elijo a la Liebre de marzo, es el papel que más me ha acomodado en los últimos años. Podría ser el Sombrerero, pero ser el hilo conductor no es lo mío. Siempre he creído que mi ego se quedó atorado en las raíces del árbol.

Me he aplicado para sonreir en el viento. Pero creo que todavía me faltan años de estadía en este lugar para alcanzar la sabiduría que se requiere. Sueño con ser el Gato de Cheshire. Aunque sé que mi nulo amor por los gatos me impedirá, de lograrlo, quedarme por siempre con el papel.

He rechazado las líneas de ciertos personajes, ya fuera por parecerme insignificantes o tan familiares que no constituyan ningún reto. Por ello no me acerco al castillo. Como con fruición para no entrar en un mazo. Y en mi solicitud señalo un falso daltonismo para no pintar arbustos.

He envidiado a los que han obtenido el papel de Pepito. Si bien es un personaje poco recordado, daría lo que fuera para surcar la bóveda celeste lo que dura un párrafo. Pero los que se ocupan de la casa en el bosque jamás me han llamado. A ratos creo que es un acuerdo retorcido con los que habitan la ribera, pues soy amada por comer langostas cuando termino de ser falsa y de ser tortuga.

Todo lo anterior no tiene importancia puesto que desde hace unas semanas estoy atrapada dentro de la piel de un lirón. No niego que me era vital recuperar las horas de sueño perdidas, pero dejar inconclusa mi historia me agobia. No saber qué ocurrió con las hermanas ahogadas en su pozo de melazas me entristece. Y quedar atrapada dentro de una tetera me parece una grosería. Los sueños de un lirón, amante del café, dentro de una tetera se transforman en pesadillas.

Tal vez decida acercarme al castillo. Un juicio acaso llevará a buen término esta situación. Me siento optimista ya que yo no me robé las tartas. Mientras tanto debo resignarme a oír el griterío entre sueños.

viernes, 11 de junio de 2010

Fútbol


No se llamen a engaño, ni Roderico ni yo somos pamboleros. Pero pruebo el entusiasmo de otros. Confieso que jamás bajaría de La Colina para asistir al Ángel a lanzar vítores por la selección. Nunca me pondría una camisa verde. Pero no tengo empacho en prender el televisor si los gritos de mi vecino son el indicador de que el partido "está bueno". O si se trata de ver el juego "bárbaro" de los alemanes o el "cuasi rugby"de los ingleses, todavía mejor.

Todo el mundo debe detener su viaje cotidiano de vez en cuando. Ciertos eventos brindan la catarsis. Toca a cada quien elegir la mejor opción.

No pierdo de vista los claroscuros. Como en todos los ámbitos, el fútbol tiene su lado turbio: el fanatismo, la corrupción, la demagogia y la manipulación económica. A pesar de ello, algunos tratan de disfrutar sólo el lado luminoso: el mundo lúdico.

Vea o no vea el partido de hoy, yo seré la misma mortal de ayer. Aficionados de diversos oficios y distintas edades pronto encenderán su televisor. Los que no compartan el gusto por este juego sigan su camino cotidiano, no se detengan a minimizar a sus seguidores ni a escupir su arrogancia en esta parada. Ustedes son los otros, tan mortales como los aficionados pero con otro destino: el otro cabo de la cuerda que cierra el círculo.

Nota: cuando la digo en voz alta suena a fútbol y no a futbol. Además la palabra parece una portería y la tilde un balón minúsculo en tiro a gol. Y sí, la RAE me da permiso.

viernes, 4 de junio de 2010

A "los angelitos"


1. Desde el siglo XVIII, a la muerte de un niño, las familias pudientes solían encargar una pintura del "angelito". El retrato de la dormición (el sueño de la muerte) representaba el triunfo sobre la muerte. Con la llegada de la fotografía, los menos favorecidos se unieron al ritual de la muerte niña. Las pinturas y fotografías que se conservan no son arte mórbido sino la esperanza del rencuentro en otra vida; el triunfo sobre la muerte del que nunca olvida.

2. El 21 de octubre de 1966 un deslave de carbón sepultó la escuela de Aberfan. No fue un desastre natural sino el acto provocado por la negligencia del gobierno. Existen reportes previos a la desgracia, sobre el riesgo que constituían los desperdicios de la mina de carbón. 116 niños murieron bajo la marejada negra. Lo que ocurrió después incluye escándalos, fraudes e injusticias. Pero el tiempo y la memoria no han podido borrar el nombre de Aberfan. Lenta, la justicia equilibra su balanza.

3. El 5 de junio de 2009 un corto circuito provocó un incendio en la Guardería ABC de Hermosillo, Sonora. 49 niños murieron. La magnitud del desastre fue provocada por la negligencia de las autoridades ante las medidas de seguridad. A casi un año persiste el escándalo, el fraude y la injusticia. Pero el tiempo continua su marcha y nos queda preservar en la memoria colectiva a los "angelitos" de la Guardería ABC.

4. Angel te vas para el cielo
con tu azucena en la mano,
pide a María Santísima
perdón para tus hermanos.

5. La muerte de un niño nos muestra descarnadamente nuestra impotencia ante la muerte. Pero la muerte de un niño que pudo ser evitada nos muestra la vergüenza máxima. Nos queda pintar los retratos con actos y palabras en espera de que la justicia, lenta, equilibre su balanza. Y desear que los deudos logren despertar de la pesadilla. Desearlo, y no olvidar.

viernes, 28 de mayo de 2010

Las fuerzas morales

Cuando la justicia no preside a la armonía entre las regiones y las clases de un Estado, el patriotismo de los privilegiados ofende el sentimiento nacional de las víctimas. El culto mítico de la patria, como abstracción ajena a la realidad social, fue siempre característico de tiranuelos que inmolaron a los ciudadanos y deshonraron a las naciones. Aunque invoquen la patria para cubrir su bastardía moral, son enemigos de la nacionalidad los que no presienten devenir de su pueblo, los que lo oprimen, los que lo engañan, los que lo explotan. Enemigos, también, los que sirven y adulan a los poderosos y a los déspotas: histriones o lacayos, cómplices o mendigos. La mentira patriótica de los mercaderes es la antítesis del tierno sentimiento que constituye el patriotismo del corazón y de la armonía espiritual que pone dignos cimientos al nacionalismo civil. El patriotismo convencional de los políticos es al nacionalismo ingenuo de los pueblos como los fuegos artificiales a la luz del sol.

Sólo es patriota el que ama a sus conciudadanos, los educa, los alienta, los dignifica, los honra; el que lucha por el bienestar de su pueblo, sacrificándose por emanciparlo de todos los yugos; el que cree que la patria no es la celda del esclavo, sino el solar del hombre libre. Nadie tiene derecho de invocar la patria mientras no pruebe que ha contribuido con obras a honrarla y engrandecerla. Convertirla en instrumento de facción, de clase o de partido, es empequeñecerla. No es patriotismo el que de tiempo en tiempo chisporrotea en adjetivos, sino el que trabaja de manera constante para la dicha o la gloria común.

José Ingenieros, Las fuerzas morales, 1925

jueves, 27 de mayo de 2010

Ensor/Civet


Hace unos días me llevaron a ver la exposición de James Ensor al Museo Dolores Olmedo. Es una exposición pequeña pero inmensa en su contenido. Ensor se irá de las salas en junio. Quedan unos días para que vayan y vean el cuadro más hermoso de la susodicha exposición, el único de esa serie: Squelettes se disputant un pendu (Esquelos disputándose un ahorcado). Vayan y descubran la aparente blancura del cuadro, los colores que uno ha visto en la madera abandonada en una ciudad junto al mar, las calaveras amigas y las máscaras que niegan en la cotidianeidad. Vayan y lean "civet" en el letrero que cuelga de la lengua amoratada del ahorcado; y pregúntense por qué Ensor no usó la palabra "ragoût" (estofado) y sí la del estofado a base de cebollas y liebre ("civet"). Vayan y supongan que la muerte está hambrienta o que los seres siniestros que se ocultan tras las máscaras no han desayunado. O crean que el que cuelga es un chef caído en desgracia, o un carnicero que se murió de amor. Vayan y alimenten sus pupilas con los estofados de Ensor. El postre perdura en la memoria.

miércoles, 26 de mayo de 2010

La encimera (mínimo homenaje a Gabriel Vargas)


Así ocurría en la infancia. Estaba prohibido leer historietas, los "monitos". Pero también ocurría que en una casa habitaba una encimera, de esas muy blancas, propias de las cocinas.

Durante una temporada la urgencia de llegar a casa de la abuela no radicaba en cortar frutos maduros de la higuera, tampoco en descubrir sobre la encimeras de la cocina el plato repleto de chilitos rellenos de atún; y no, nadie corría a buscar los dulces ocultos en bolsas de papel de estraza. La magia de la casa de la abuela vivía en uno de los cajones de la encimera: dentro esperaba el último ejemplar de La Familia Burrón. Y si nuestras visitas familiares se tornaban esporádicas, al ejemplar único solían sumarse un par. Mi tía compraba la publicación y nos la dejaba leer a escondidas.

La lectura se realizaba al fondo del jardín, o al resguardo del cuarto de planchado, lejos del ojo enjuiciador. Borola, Regino, Macuca y El rizo de oro brillaban aún más bajo la luz de la culpa y la exaltación de lo clandestino.

Tuve acceso a otras historietas en casas de amigos y primos; y de mis libreros disfruté de los "monitos" que los canones de mi casa consideraban intelectualmente correctos. Pero nada ni nadie igualaron los colores de Borola Tacuche. Dulces sueños, Gabriel Vargas, creador de sonrisas.