AGOSTO
Federico García Lorca (1898 - 1936)
Agosto.
Contraponientes
de melocotón y azúcar,
y el sol dentro de la tarde,
como el hueso en una fruta.
La panocha guarda intacta
su risa amarilla y dura.
Agosto.
Los niños comen
pan moreno y rica luna.



Todavía hoy no quiero entender la moraleja de Máshenka, y menos aún la del oso con la pata de palo. Es un cuento breve que he releído hasta el cansancio. Desde niña, no he olvidado la melodía que compuse para la canción del oso. Es una lástima que los blogs sean silentes, podría tararearla para todos. Cada uno tendrá que componer la propia.
En vano he esperado que los otros se arrodillen en mi cornisa y toquen el cristal de la ventana para dejarlos entrar. Me he equivocado al pensar que son los otros los que estan afuera. Yo habito en un exterior de cuatro muros, con su cielo de tirol y sus lagos coladeras.
Contrario a la creencia popular, a los habitantes de las criptas nos gustan los ositos de felpa. Si lo piensa no resulta del todo absurdo. Así como están los claroscuros, los contrastes en las texturas provocan el asombro.
Hace muchos años, por estas fechas, las vi por primera vez. Eso creo, la infancia no posee los mismos puntos de referencia en lo que a tiempo se refiere. Pero su nombre y el origen del mismo me permiten la afirmación.
En el principio todos fuímos Alicia. Dedicamos parte de nuestra travesía a exhibir nuestro asombro, aprehender los cánones y reconocer el grupo al que pertenecemos. Entonces abrimos los ojos y abandonamos el País de las Maravillas para realizar distintas labores y cumplir destinos.





¡Que sean cada día menos quienes viven en la ociosidad, que se vuelvan a cultivar los campos, y que vuelva a florecer la industria! Sólo así volverá a ser útil toda esa chusma que la necesidad ha convertido en ladrones o que andan como criados o pordioseros a punto de convertirse también en futuros ladrones. Si no se atajan estos males es inútil gloriarse de ejercer justicia con la represión del robo, pues resultará más engañosa que justa y provechosa. Porque, decidme: si dejáis que sean mal educados y corrompidos en sus costumbres desde niños, para castigarlos ya de hombres, por los delitos que ya desde su infancia se preveía tendrían lugar, ¿qué otra cosa hacéis más que engendrar ladrones para después castigarlos?
Tomás Moro, Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, 1516